En el verano del año 2002 se procedió al montaje del actual baldaquino que preside la capilla mayor de la Real Colegiata de Santa María la Mayor, que es réplica exacta, aunque sin dorar ni policromar, del primitivo de 1578-1580 que ocupó este mismo lugar y que en la actualidad podemos ver en la iglesia parroquial de San Pedro. 

Esta actuación de comienzos de este siglo, que se desarrolló entre los días lunes 29 de julio y jueves 1 de agosto del citado año, vino a dar sentido tectónico a la capilla mayor de la Colegiata, restableciendo el diálogo entre el espacio arquitectónico edificado y el ‘mueble’ de carácter monumental que lo centra y ocupa. 

Una pieza pensada, cuando fue diseñada en el siglo XVI, para presidir el espacio concreto en el que se iba a instalar, aunque en un primer momento se colocó en mitad de la nave a imitación de lo que se hacía en Italia y más concretamente en Roma. Poco después de 1590 se reinstaló en el fondo de la capilla mayor, pasando en 1692 a la iglesia de San Sebastián, con motivo del traslado a esta parroquia de la Colegiata como institución eclesiástica.

 

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Algo de historia

Cuando en el año 1908 se cierra al culto religioso la entonces parroquia de Santa María, trasladándose la sede parroquial al templo exconventual del Carmen, el edifico de la antigua Real Colegiata comenzó un lento deterioro que, con el paso de los años, a punto estuvo de provocar su ruina total. El primer paso posterior al cierre fue el desmantelamiento de lo mejor de su patrimonio mueble que, en buena parte, pasó a la iglesia del Carmen; en unos casos incorporando algunas piezas a la iglesia y en otros simplemente almacenándolas en diversas dependencias o en el antiguo coro de los frailes carmelitas. Algún retablo se salvó, como el que ocupaba la cabecera de la nave del Evangelio y que actualmente se conserva, con algunas reformas, en la iglesia de Capuchinos dedicado a la Inmaculada. Otros, como el importante de 1577 del escultor Diego de Vega con interesantes relieves, cuya foto de 1907 publicamos ahora cedida por Juan Félix Luque, debió coger un destino que al día de hoy desconocemos, y el resto se fueron destruyendo mientras el templo se abandonaba por completo y cualquiera podía entrar a llevarse lo que le viniese en gana. Sabemos que sobre 1910 el escultor antequerano Francisco Palma García utilizó como estudio y taller la nave central de la Colegiata de Santa María para modelar en barro la escultura de tamaño heroico del Capitán Moreno; algo que nos está indicando que en aquel momento el monumental espacio colegial ya se daba por perdido y se usaba poco menos que de almacén.

Después de largos años de total abandono e incluso del parcial hundimiento de las cubiertas y de las armaduras de madera de las naves central y de la Epístola, a comienzos de los años cincuenta del siglo pasado comenzó la verdadera recuperación arquitectónica del edificio. Más adelante se fueron sucediendo otra serie de obras menores, en función de las aportaciones presupuestarias que iba librando la Dirección General de Bellas Artes del gobierno de España. En el año 1973 se utilizó el interior de la Colegiata por primera vez para un acto cultural, celebrándose un concierto de la Orquesta Nacional de España. A este concierto seguirían otros e incluso se utilizó el salón columnario como espacio expositivo relacionado con la gestión municipal. En 1983, cuando Pedro de Rojas Tapia accedió a la Alcaldía por el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y me asignó el cargo de concejal de Cultura y Festejos, el interior de Santa María no era más que un gran almacén de materiales procedentes del derribo de edificios antiguos y otros restos de las obras llevadas a cabo en el propio monumento durante los últimos años. 

En octubre del mismo año de 1983 se decidió, de acuerdo con la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, celebrar en el interior de la Colegiata los actos conmemorativos del Primer Centenario de la Constitución Andaluza de Antequera (1883-1983), que presidió el entonces presidente autonómico Rafael Escudero. Para ello hubo que desalojar el espacio interior de todo lo almacenado durante años, aprovechando la oportunidad para trasladar con camiones gran parte de los materiales a dependencias de la Plaza de Toros. Finalmente, entre los años 1986 y 1991, se instaló en los diferentes espacios de la Colegiata la primera Escuela-Taller que tuvo Antequera, desarrollando en el propio edificio importantes labores de albañilería, cantería, forja, carpintería e instalaciones eléctricas y de fontanería. Cuatro años después de concluidas las actuaciones de la Escuela-Taller, en 1995, se abrió la antigua Real Colegiata a la visita diaria del turismo cultural, actividad que no se ha interrumpido hasta el día de hoy, salvo las semanas que duró la instalación del actual baldaquino que ocupa el espacio de la gran capilla mayor del templo; el tema que en esta ocasión vamos a tratar.

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El primitivo baldaquino

Hacia el año 1553, cuando el arquitecto Diego de Vergara dirigía la terminación de las obras de la capilla mayor de la Colegiata de Santa María, al cabildo colegial se le planteó la disyuntiva de decidir sobre el amueblamiento de este gran espacio: construir un retablo “a la española”, apoyado en el muro del testero y entre las dos ventanas de tipo florentino, o levantar un baldaquino o ciborio exento “a la italiana”. El tema tardó algunos años en decidirse, pues hasta finales de la década de los setenta del siglo XVI no se comienza a construir un baldaquino a la manera del que había diseñado Diego de Siloé –autor de la fachada de la Colegiata– para la capilla mayor de la catedral de Granada. Se trataba, sin ninguna duda, de generar un definido espacio reverencial para la exaltación eucarística, un microcosmos perfectamente acotado y cargado de contenidos simbólicos en su axialidad, en cuyo centro se expondría a la veneración “al milagro de los milagros, la Eucaristía”, como venían defendiendo los seguidores de la corriente erasmista en España y más concretamente Alonso de Valdés. Como sabemos, este diseño respondía a un modelo inequívocamente italiano, que parte del ciborio paleocristiano y que permaneció en el tiempo, con las lógicas evoluciones estilísticas, debido a su clara función sacralizadora del espacio concreto que su arquitectura generaba. Un planteamiento que en realidad cuestionaba el desmesurado culto a las reliquias –se sabía que muchas de ellas eran falsas– y a la excesiva veneración de los santos y de sus imágenes. En Antequera habían sido grandes defensores de este movimiento de renovación espiritual el canónigo Cristóbal de Villalta, comisario de las obras de la propia Colegiata durante muchos años, y Juan de Vilches, el más egregio preceptor y maestro de la Cátedra de Gramática.

 La ejecución material del nuevo baldaquino se llevó a cabo entre los años 1578 y 1580, ignorándose quien pudo ser el tracista de tan magnífica pieza arquitectónica. Sobre cuatro basamentos o pedestales, realizados en piedra caliza roja de El Torcal por el cantero y escultor Francisco de Azurriola, se elevaron otras tantas columnas de madera, de orden corintio y guarnición tectónica superior, para recibir la gran cúpula con linterna ciega y asentada pobre tambor ochavado y potente entablamento de planta cuadrada y tipo adintelado. Del dorado y de la decoración pictórica de toda la pieza lignaria se encargó el maestro Juan Vázquez de Vega en la fase final de la obra.

El impacto que debió producir esta singular pieza entre los individuos más cultos de la ciudad debió ser enorme, pues resultaba a todas luces de una gran modernidad. De hecho, el mismo Earl E. Rosenthal, en su magnífica monografía sobre la obra de la catedral de Granada, ya advirtió sobre el poco éxito que con posterioridad tuvo en España este modelo de baldaquino eucarístico. 

En 1610, habían pasado treinta años de la construcción del baldaquino, el Cabildo Colegial encargó al artista Antonio Mohedano el diseño de un tabernáculo en forma de torre-custodia de madera para ser situado bajo la cúpula de aquel. Esta nueva pieza, siguiendo las directrices del concilio de Trento, cumplía las funciones de sagrario, manifestador y ático para la veneración de la imagen escultórica de la Virgen de la Asunción, titular de la Colegiata.

Cuando en el año 1692 se traslada la institución Real Colegiata de Antequera, desde el templo de Santa María la Mayor de la Asunción al de San Sebastián, tanto el tabernáculo como el baldaquino que lo cobijaba pasaron a la nueva sede. En 1829 el baldaquino se llevó definitivamente a la capilla mayor de la parroquia de San Pedro –se pensaba entonces que la Colegiata iría a aquel templo, algo que finalmente no ocurrió– y el tabernáculo se quedó en San Sebastián, donde aún hoy se puede admirar.

En cualquier caso, la identificación del baldaquino que hoy vemos en San Pedro con el que, entre los años 1578 y 1580, se construyó para la Colegiata de Santa María ha sido algo relativamente reciente. Ni José María Fernández, ni Antonio Bonet Correa se percataron de esta circunstancia. Fue en 1980, releyendo la descripción que hace el padre Cabrera en su “Historia de Antequera” (1649) de la capilla mayor y presbiterio de la Colegiata de Santa María, cuando nos dimos cuenta de dicha realidad. Un error descriptivo al denominar columnas ‘dóricas’ tanto a las del tabernáculo como a las del baldaquino, siendo en ambos casos de orden ‘corintio’, y la propia descripción de los diferentes elementos que conforman ambas piezas nos hizo sospechar primero y confirmar después esta circunstancia. Además, cuando en 2002 se desmontó y excavó el suelo del presbiterio de Santa María, para asentar la nueva réplica del baldaquino, pudimos descubrir los antiguos anclajes de piedra arenisca, coincidiendo exactamente todas las medidas con las del original conservado hoy en la parroquia de San Pedro.

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El actual baldaquino

El descubrimiento de la identificación del baldaquino de la capilla mayor de San Pedro con el original de la Colegiata de Santa María se publicó, por vez primera, el 29 de mayo de 1981 en un artículo de la sección semanal ‘Plazuela’, que escribíamos Antonio Parejo y yo en “El Sol de Antequera”. Para dicha publicación realicé un dibujo a mano alzada, que ahora volvemos a reproducir, en el que se integraban baldaquino y tabernáculo, como una forma de hacer entendible algo que nunca con anterioridad se había ni siquiera planteado.

Aunque la idea de realizar una réplica del baldaquino para situarla en la capilla mayor de Santa María siempre me rondó por la cabeza durante mis años de concejal, no fue hasta el año 2002 cuando, pensando ya en abandonar la Alcaldía un año después, entendí que era el momento de llevar a cabo un proyecto que no todo el mundo podría entender, pero que finalmente fue del agrado de la comunidad científica y del gran público en general.

El primer paso para iniciar el proyecto consistió en hacer un levantamiento planimétrico, previa realización de un amplio reportaje fotográfico y de una toma de mediciones exactas in situ, del baldaquino conservado en la iglesia de San Pedro. Ya en el dibujo definitivo, realizado por el delineante municipal Carlos Madrona Sánchez, se evidenciaba en la simplicidad de sus líneas la genialidad del diseño original, cuya autoría, como ya indicamos con anterioridad, sigue siendo una incógnita al día de hoy.

Para la ejecución material de la pieza contábamos con la gran profesionalidad del taller municipal de canteros –a ellos les gustaba que se les llamase ‘picapedreros’–, quienes se encargarían de tallar los basamento o pedestales en piedra caliza roja de El Torcal; para esta labor se contaba, entre otros, con el maestro escultor Antonio García Herrero. Del resto de la pieza, a realizar en madera de cedro, se pidió presupuesto a diferentes talleres especializados en el trabajo de la talla y de la carpintería. En este sentido se optó por el tallista sevillano Antonio Ibáñez Valles, que entonces tenía el taller en los locales de artesanos de la sevillana plaza del Pelícano, en el barrio de San Julián. Éste, a su vez, contó con la colaboración del maestro de carpintería religiosa Juan García Casas, con taller propio en la localidad cordobesa de La Rambla. Es decir, la parte lignaria del baldaquino se hizo en dos ciudades diferentes: todo lo relativo a la talla artística en Sevilla y la parte de la estructura carpinteril en La Rambla. 

Al tratarse de una estructura exenta de base ligera –cuatro esbeltas columnas que sostienen una gran cúpula sobre tambor y fuerte entablamento– se planteó, desde el punto de vista técnico, cual podía ser la solución más acertada para el montaje del baldaquino. La fórmula vino de la mano de los técnicos municipales bajo la dirección del arquitecto Antonio Villalón Conejo. Algo que quedó perfectamente definido antes de comenzar los trabajos en madera: las cuatro columnas de orden corintio serían huecas en su fuste, capitel y elementos superpuestos hasta recibir el entablamento cuadrado –sólo éste pesaba 600 kilos–, ensartándose todas estas piezas en cuatro vigas verticales de hierro a manera de brochetas. De los elementos metálicos, que quedan ocultos a la vista, se encargó de su realización la empresa Talleres Francisco Marín y para la elevación y el montaje de todas las piezas “Grúas Rubio” con un brazo para 26.000 kilos. Durante la compleja operación del montaje de la nueva pieza intervino un amplio equipo de personas pertenecientes al Centro Municipal de Patrimonio Histórico, como el restaurador de obras de arte Rafael Ruiz de la Linde, el escultor Antonio García Herrero y el aparejador Manuel Cruz Sánchez.

Otro problema sobrevenido para el montaje de la réplica del baldaquino era la disposición de la escalinata del presbiterio existente, que presentaba la disminución del ancho de los escalones a medida que se subía la misma. Esta disposición, al parecer planteada en el siglo XVIII, aunque ya totalmente destrozada a mediados del siglo XX, nos dimos cuenta que iba a dificultar el desembarco de la escalinata a la plataforma al coincidir los pilares y columnas delanteras del baldaquino con las barandas laterales de seguridad. La solución la encontramos en una visita a la Basílica del Monasterio de El Escorial: todos los escalones de subida al presbiterio tendrían idéntica anchura, yendo de pared a pared. Y así se hizo, adelantando y construyendo una nueva escalinata en piedra caliza roja de El Torcal, siendo ahora todos los escalones del mismo ancho de la capilla. Algo que después se confirmó históricamente, cuando la profesora Rosario Camacho publicó los planos de 1590 de la Colegiata antequerana conservados en el Archivo de Simancas.

El resultado final del nuevo baldaquino hizo que todo el elegante espacio de la capilla mayor de la Colegiata recuperase su auténtico sentido en cuanto al concepto arquitectónico original. Hasta aquel momento, restaurado el templo en sus esencias renacentistas e italianizantes, algo no terminaba de funcionar en la lectura espacial del conjunto. Es decir, el salón columnario de aires clásicos, con su gran nave central jalonada por dos hileras de columnas jónicas, nos marcaba la dirección de un punto de fuga que a nada en concreto llevaba. Ahora todo tenía sentido; el espectador encontraba ‘algo’ hacia lo que dirigir su mirada, al recorrer con la vista este gran ámbito espacial. Un elemento, frágil y monumental a un mismo tiempo, que en la simplicidad cromática de la madera de cedro nos evocaba la desnudez de muchos edificios de la antigüedad clásica llegados hasta nuestros días. Algo así como una macro maqueta del ausente ciborio que un día presidió la capilla mayor de este templo, pero además a idéntico tamaño y con sus mismas formas y proporciones. 

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