Una nota sombría, con el tañido del doblar de las campanas, entristeció el aire de Antequera la tarde del 25 de abril de 1779. El cielo de color plomizo amenazaba con romper a chispear, moteando de lluvia fina y escasa los tejados de las casas y los empiedros de las calles. El dorado Angelote de hierro y chapa de cobre, que todo lo domina desde lo alto de la torre mayor, giraba indeciso y nervioso movido por un incómodo vientecillo procedente de los montes de Gandía. Apenas parecía que fuese primavera.

¿Qué tienen en común Toledo y Antequera? Probablemente, mucho más de lo que pensamos. Hoy, si me acompañan, recorreremos juntos algunos de los puntos más importantes de la ciudad castellano-manchega, que guarda algunos secretos relacionados con la historia de la Ciudad del Torcal.