Después de un tiempo considerable en el que Jesús ha hecho milagros, predicado e instruido a los apóstoles, parece que los quiere poner a prueba. Y andando por Cesarea de Filipo, como quien no quiere la cosa les pregunta por la idea que tiene de Él la gente que le oye, que le ha visto hacer milagros…

La verdad es que las respuestas de los discípulos según lo que habían oído no eran del todo una locura. No eran afirmaciones que pudiéramos calificar de totalmente desproporcionadas. Todas iban en la línea de algo bueno. De un personaje deseado; de alguien ya conocido y que traía recuerdos de buenos momentos, de tiempos mesiánicos.

Pero Jesús no se conforma con eso. No les dice que con el tiempo entenderán, o que es lógico que crean eso. El Señor quiere llegar más allá y les pregunta por la propia opinión. En definitiva les está poniendo en una situación algo difícil. Les interpela apoyándose en la anterior pregunta. “Los demás, los que no van conmigo dicen esto o aquello de mí, como me habéis dicho, pero vosotros que me veis constantemente, que habéis visto todo, no solo parte de mi actuar, vosotros que habéis recibido una llamada personal ¿Quién decís que soy yo? ¿Qué diríais a los demás si os preguntaran sobre quién soy yo?”

Todavía, con un poco de imaginación, nos podemos hacer una idea más o menos certera de  ese momento y “ver” como en una película a los apóstoles guardando un tenso silencio, mostrando un cierto miedo a no saber qué responder o a equivocarse en la respuesta. Pasarían unos segundos, no llegaría al minuto, cuando Pedro con la sinceridad y valentía que le caracterizaba –aunque fuera principalmente humana– se lanza con la respuesta adecuada.

El pasaje es narrado por varios evangelistas. Marcos no nos narra el elogio de Jesús a Pedro. Será San  Mateo quien incluya en esta escena eso y el nombramiento de Pedro como piedra de la Iglesia.

Pero ahora nos interesa más centrarnos en lo que hemos comentado. En esa doble pregunta de Jesús a sus discípulos, que no son preguntas que se quedan en aquel momento histórico de la vida de nuestro Señor caminando por tierras de Israel. Como en todo el Evangelio al oír la Palabra hecha carne, nos tenemos que sentir interpelados personalmente. Jesús hoy  y ahora te pregunta a ti, me pregunta a mi “¿tu quien dices que soy Yo? Tú que procuras seguir mis enseñanzas, que tienes una formación cristiana, que te dices seguidor mío… ¿Quién dices que soy Yo?”.

Y la respuesta que desde hace dos mil años espera de cada uno de nosotros es la coherencia de vida. Podríamos decir que si el Señor estuviera aquí presente como lo estaba allí con sus apóstoles y te preguntara lo mismo, la respuesta sobre lo que dicen la gente sobre Él debería estar directamente relacionada con lo que esa gente ve en nosotros. Es decir, ojalá la gente al vernos en nuestro día a día, en nuestro trabajo, en nuestras relaciones sociales, familiares... puedan decir que Jesús es el Mesías, porque de una forma u otra lo ven en nosotros.

Esto no es algo imposible, algo que pueda parecer de otra galaxia, porque la vida del cristiano se resume en seguir a Jesús. Nosotros no seguimos las enseñanzas teóricas contenidas en un libro, escritas por alguien de gran autoridad que pasó por esta tierra. Nosotros seguimos a Cristo vivo, presente en la Eucaristía, que se entrega por cada uno en singular en cada Misa que se celebra por todo el mundo, y que nos ha dejado plasmada su vida en los Evangelios para que la hagamos propia. Por eso al imitarle –con más o menos éxito, cosa que no debe preocuparnos mucho- los demás podrán sentirse empujados a buscarle, a seguirle, a tratarle. 

Pidamos a su Madre y madre nuestra –hoy recordamos también el momento que le pusieron el nombre de María– que vivamos siempre mostrando con nuestros actos que Jesús es el Mesías, el Redentor.

 

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