Hermanos, hoy culminamos la Octava de Pascua. El acontecimiento de la Resurrección del Señor cambió la historia para siempre. Con mayúsculas pues comenzó un mundo nuevo. Y por supuesto, transformó la vida de sus discípulos, que pasaron de la duda y el miedo a ser testigos de ese gran acontecimiento.

 

Siendo esto verdad, también hemos visto en estos días que es un camino que se va alumbrando en esos discípulos poco a poco. Los textos de las diferentes apariciones de Cristo Resucitado así nos lo muestran: desde el sepulcro vacío del domingo de Pascua hasta ver como Jesús se sienta a comer con los suyos, es un verdadero camino de fe el descubrimiento de la presencia de su Señor resucitado en medio de la vida de la Iglesia naciente

Por eso la Iglesia quiere celebrar este “primer día de la semana” durante ocho días. Y lo hace mostrando las diversas apariciones del Señor resucitado. Entre todas ellas destaca la que hoy escuchamos en el evangelio. Realmente es una aparición doble, ya que nos cuenta que pasó la tarde del domingo de la Resurrección, y como a los ocho días el Señor confirma con su presencia la fe de los suyos, incluso de aquellos que aún dudaban en su corazón, como le pasaba al apóstol Tomás.

El centro de nuestra fe está en la Resurrección del Señor. De la derrota del Viernes Santo ante su muerte en la cruz, de la decepción ante su doloroso final, se pasó a la predicación valiente de sus apóstoles. Aunque no todos lo hacen de la misma manera.

Mientras Magdalena en su dolor busca el cuerpo de su Maestro, lo que le lleva a encontrarse con Él resucitado en el huerto, los discípulos se encerraron “por miedo a los judíos”. No podemos olvidarnos que esa tentación sigue existiendo, pues la Iglesia cuando se olvida de poner en el centro al Señor Resucitado se llena de miedos, prefiere vivir con sus puertas cerradas. Y eso que esa actitud, ese vivir encerrada por miedo a las tempestades de la vida, al final le hace dejar de ser fiel a su misión de sembrar amor y esperanza en la realidad. Un cambio tan profundo como vemos en aquellos apóstoles, solo puede comprenderse desde encuentros salvadores como los que hoy nos relata este evangelio, en el domingo de la Divina Misericordia.

Porque esa es la verdadera novedad de la Pascua. Podemos tener miedo, estar rodeados de dolor y sufrimiento. Para sanarlos, Jesús se presenta realmente, acompañado de sus llagas, que son signos de la unión entre la Pasión y la Resurrección. Son las dos caras de la moneda, los dos aspectos que están unidos para siempre en la Redención que nos ofrece nuestro Salvador. Descubrirlo vivo, acompañándonos en el camino de la vida es lo que llena de sentido nuestra existencia.

Además vemos que el primer día no estaban todos. Faltaba Tomás, el Mellizo, uno de los doce. Y no cree lo que le dicen sus compañeros. Y desde el dolor lanza esa frase tan conocida: “si no lo veo no lo creo, si meto mi mano en su costado herido, no lo creeré”. Ante ese órdago, a los ocho días, el propio Jesús es quien lo interpela y le pide que salga de esa incredulidad, que toque sus heridas, esas que nos han sanado a todos.

Al reconocerlo Tomás hace la más hermosa confesión de fe de todo el evangelio. En su “Señor mío y Dios mío” está contenida toda la fe de aquel apóstol. Y debería estar contenida toda nuestra fe. Una frase que supone un credo muy breve que resume la fe de aquel hombre en su Maestro. Su pérdida lo había sumido en la desesperación, y a quien ahora lo ve triunfante la muerte.

Pero Jesús no solo gana a Tomás para su causa de la Buena Noticia. También se acuerda de nosotros cuando nos llama dichosos si creemos sin haber visto esas heridas. Solo con los ojos de la fe podremos confesarle nuestra fe y creer en el verdaderamente en Él.

 

 
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