La pandemia del SARS-CoV- 2 ya trastoca todos los órdenes de la vida en nuestro planeta, y una cosa que pocas veces se había visto alterada, el virus ha conseguido hacerlo. Hablo de una olimpiada, que se define como el período de tiempo que va desde la celebración de unos Juegos Olímpicos hasta los siguientes, de manera consecutiva, por lo general cuatro años.

Quizá, y el mundo lo está viendo, lo de menos sea ese trastoque de fechas, la anécdota la tenemos en que se están celebrando en 2021 unas competiciones que llevan el nombre de Tokio 2020, pero lo verdaderamente sorprendente es que estos juegos, quizá los más atípicos, están resultando de lo más gratificante para la humanidad.

Descubren aficiones ocultas, cimentan amistades imposibles, apaciguan enfrentamientos históricos, y hacen ver que el Deporte, así con mayúsculas, une. Une más que separa, cura más que mata, acerca más que aleja y si aplicamos la máxima que están llevando los científicos a la población en general para darle confianza y que se vacunen, sus beneficios son infinitamente mayores a sus efectos secundarios.

Hemos visto cómo se retiraba de la competición, por ansiedad, una atleta de élite, argumentando la prioridad por su salud mental, vaya lección Simon Biles, me quito el sombrero. Hemos sido testigos como dos atletas de muy diferentes países –Qatar e Italia–, se abrazaban como si no hubiese un mañana, al saberse ambos, ganadores del oro olímpico, sin más desempate y sin más “yo soy mejor que tú”, otra lección a aprender. Y ya nos vamos acostumbrando a que haya deportistas de diferentes razas compitiendo bajo la misma bandera de España.

Sin lugar a la duda, hay que aprender de los deportistas, hay que practicar deporte, porque al fin y al cabo todos estamos llamados a competir en la disciplina más dura y exigente que existe, el Deporte de la Vida, y aquí hay que tratar de ser olímpico y colgarse el oro, siempre en paz con uno mismo. ¡Gracias siempre!