Visto lo que podemos entresacar de la forma y manera en la que se hace política en nuestro país, a nadie se le escapa que estamos ante una máxima, largamente repetida, pero pocas veces tenida en cuenta, “la clase política de un país, es fiel reflejo de su sociedad”.

El mismísimo Pedro Grullo, que a la mano cerrada le llamaba puño, estaría de acuerdo, sin rechistar, que la sociedad que pretenda ser educada y sana, que leído así, pocas se negarían, debe apostar sin remilgos, por dotarse de un sistema de educación y otro de sanidad, que la ayuden a crear y cumplir con las normas mínimas de convivencia colectiva. 

Incluso, llegado el momento, no habría que ser un Séneca para entender que si se pretende avanzar con los tiempos y estar a la cabeza en evolución y mejora en lo más básico para liderar los avances del ser humano, la educación es pieza clave y principal destino de los dineros colectivos que toda sociedad establece que se deben poner entre todos los miembros de la misma.

Ni el mismísimo Séneca y mucho menos Pedro Grullo, entenderían que, llegados al siglo XXI, una sociedad proteste porque no puede escolarizar a sus hijos debido a que sus dirigentes opinan que hay que mirar con lupa los dineros colectivos que se emplean en ese sistema de educación, que a ellos mismos les produjo la que hoy enseñan.

Se podrá discutir si se gasta más o menos en ferias, en ocios varios, en equipamientos y edificios colectivos de difícil terminación y más dudoso uso en el futuro…, pero en lo que JAMÁS debería verse una sociedad, que se precie como tal, es en disquisiciones acerca de las plazas, escuelas, líneas de enseñanza, educadores, profesores y maestros para cultivar la sociedad misma que debe dar dirigentes que JAMÁS planteen tales disquisiciones a esa misma sociedad.

Hasta Pedro Grullo se echaría las manos a la cabeza y Séneca no hubiese existido. ¡Gracias, siempre!