Acaba de celebrarse el día del Alzheimer. Es fácil hablar desde los medios, instituciones, colectivos y particulares de lo necesario que es lucha contra esta enfermedad. La mayoría no la conocen, si acaso les ha rozado por encima o tienen algún vecino o conocido que la está sufriendo. Contra el Alzheimer no se puede luchar. Lo sabemos bien quienes lo hemos vivido de cerca, en nuestra casa, ocupando el mismo espacio y manifestando un comportamiento difícil de encajar por el resto de la familia. 

El Alzheimer te atrapa, te rodea con una red de incomprensión y temeridad que aparca tu vida personal para acabar convirtiéndote en los ojos, piernas, brazos, e incluso, pensamiento y deseo de quien padece la enfermedad. Sufrir, la sufrimos todos los que nos encontramos en el entorno familiar, pero la cuidadora ha de protegerse con una fuerte coraza de coraje y determinación para no acabar en el mismo pozo de misterio donde parece haberse instalado el enfermo.

Hay paliativos y visibilidad y se ha avanzado bastante para conseguir que estos enfermos aguanten el mayor tiempo posible con una calidad de vida sostenible. Pero la recta final sigue siendo cruel, y lo peor, que puede prolongarse demasiado. Los casos en nuestra Comarca rondan el millar. Si hablamos de una población de algo más de cien mil habitantes, las cifras nos dan un porcentaje del uno por cien. Parece una cifra pequeña pero el problema es mayúsculo. Es la población que tendría que tener prioridad en las residencias y centros cuando la familia por tema laboral o económico no pudiera hacerse cargo. Es cosa de héroes poner un enfermo de estas características en la punta. Y hablo con la mitad del empuje de quienes carecen de ayuda. 

Convivir mundos distintos en el mismo espacio, periodos de silencios, desgana, cambios de humor y tristeza, mucha tristeza si saber a ciencia cierta el porqué, sensibiliza y endurece, empareja el dolor y la determinación como las poderosas armas con las que se protegen los que tienen a su cuidado algún enfermo. 

Llanto sin lágrimas y auxilio sin voz, es la rutina del amanecer diario y, expectante por ver si será igual o un poquito peor que el día anterior. Tambalearse es frecuente, también es un continuó intento el pedir al enfermo que abandone su mundo y retorne al nuestro. ¡Qué ironía, si nosotros no sabemos localizar dónde se aloja cómo puede encontrar en su debilidad el camino de vuelta! Cuentan que hay una esperanza con nombre malagueño, una investigación de la UMA. Ojalá sea pronto una realidad. Hasta entonces el túnel es oscuro y largo.