Los mismos deseos del pasado, esperanzadores y divertidos, vuelven a manar entre las  copas de cava, en un intento generalizado,  por normalizar una extraña situación que nos trae de cabeza los dos últimos años.

Pero algo ha cambiado en nuestras peticiones al nuevo año. Atrás quedan nuestras pretenciones de ser más ordenados, acudir con regularidad al gimnasio, hacer dieta o ese intento fallido de empezar de cero para construir otra vida  que nos parezca mejor que la que tenemos. Hemos olvidado nuestras prioridades, aniñadas y repetitivas, para clamar juntos un futuro, sereno y seguro, que nos permita movernos en total libertad.           

No precisamos nada más. Y la salud, que siempre ha tenido su lugar preferente, ahora es la estrella. Ansíamos agarrarla con fuerza y ofrecerla a todos los que queremos y nos rodean cada día, a quienes están lejos, la queremos universalizar y esparcirla por el mundo como el mejor abono que fructifique ahogando la pesadilla del mal, que aún nos sigue dañando y preocupando.

Es una utopía casi infantil, un invento para protegernos, pero necesitamos creer en los cuentos. Quizá no queden los ultimos coletazos de la magia de los Reyes Magos o que simpaticemos con el horóscopo chino que predice que este año, el del tigre, significa el fin de todo lo malo. Retos no nos han de faltar, pero sabemos que en el fondo de nuestro corazón, seguimos con la misma ilusión de siempre. Vamos a volver, después del inciso de estos dos años, para  ser los mismos, incrédulos e inocentes, y con algunos miedos más que sumar a los muchos que nos atenazan. Y siempre orgullosos de saber  dar un gran valor a la vida, cuidar nuestras costumbres y no permitir que la historia nos la cuenten al revés. 

Historias preciosas hemos vivido la pasada Navidad en nuestras calles. Ensombrecidas en parte por la adjudicación de los bonos del comercio. Un buen amigo mío me cuenta que habría de hacerse una foto a los responsables del abuso y ponerla en la vía pública.