Tenía la raqueta ganadora, podía dar el golpe maestro, estaba en la cancha perfecta para ello, pero la hizo volar rota y se saltó las reglas  que todo el mundo tiene que cumplir con la llegada del virus.  Pensó que él podría ser  irreflexivo, que no es lo mismo que valiente, pensó que ser antisistema y llamarse Novak Djokovic  lo inmunizaría frente a países, gobiernos, jueces, leyes…

 Sumergidos en esta pandemia que no tiene nada de cómico o irrisible, para alguien que hasta aquí se ha saltado las normas en este periodo, denota con su actitud lo que ya sabíamos y nos resultaba raro, ¿falta de madurez o una soberbia extrema?  Inmadurez a raudales y falta de respeto. No hay un héroe ultrajado como ha dicho el gobierno serbio, los ultrajados en todo caso  somos los demás habitantes de este planeta que estamos llevando como se puede nuestro día a día.  En nuestros trabajos, en nuestras casas, en nuestras calles…

Llegaba el serbio  al Open de Australia, por cierto tras pasar por Sotogrande, Andalucía, España, con un objetivo muy claro. Sus entrenadores, sus asistentes y los psicólogos que lo acompañan ya lo entrenaban para este reto, superar las gestas de Rafael Nadal y Roger Ferderer y convertirse en el tenista con más Grand Slams de la historia del tenis. 

Ser un icono del tenis es una responsabilidad inmensa frente a los demás mortales que pueden o no admirar este  deporte y si hablamos de niños o jóvenes  aún más.  Por eso fue devuelto a su casa. Tal vez en ella piense mejor lo que ha perdido o lo que ha dejado de ganar empezando por el respeto de las gentes que le admiran. 

En este momento, parece ser que al menos en boca de su entrenador, se arrepiente de todo lo que ha hecho y ha dicho, bien, pero por ahora le han cantado un “out” en el Rod Laver Arena, señor Djokovic.