Ciertamente cuando desenvuelves un bombón y no te has leído la carta de presentación  que viene dentro de la caja o en la contraportada de la misma, puede que esperando  descubrir  un sabor a chocolate negro  intenso  te encuentres con la boca llena de licor de guindas o de mermelada de kiwi.

Unos de estos días cuando la Feria del Libro vivía en Málaga, el calor hacía de  las suyas  por sus calles y  entre las casetas. Los aromas a papel nos recordaban más a una primavera alegre e incluso aun mes de Junio que a un crecidito Noviembre. Aun así se podía caminar entre las gentes  que ávidas de lecturas o de encuentros al aire libre con libreros, libros o escritores, subían  o bajaban por las direcciones que conforman  la plaza. Bastaba sentarse en una esquina a charlar con personas con la que has quedado o con lectores que fueron alumnos tuyos o peques que quieren oír cuentos en la ludoteca, para darse cuenta del valor de los libros. Las mascarillas hacían un poco más difícil la comunicación, pero el entusiasmo era enorme. 

Respirar esta dicha era de un aporte vital más que interesante.  Generaciones de  escritores compartiendo espacio, volúmenes llenos de poesía de Guillén de Cernuda, de letras inteligentes, de novelas de terror, de cuentos ilustrados de libros que hablan de mil recetas de cocina tradicional o innovadora, de esotéricos  parajes, de extraños advenimientos o de batallas  políticas ancladas aún en una guerra fría que no ha pasado de moda.  Memorias de papel que recogen y  acogen sentimientos, dibujos, portadas, títulos. Cometas de aire marino que fluyen sobre los tejados. Carteles desplegados convertidos en defensores de la lectura 

Se busca firmas  y se hallan autores y autoras que intercambian libros. Novela histórica por novela infantil. Amor por novela gótica, pero especialmente palabras  escritas en un ejercicio de recuperar las laderas de esa gran superficie que  no tiene límites  y está llena de imaginación y de viajes por las páginas abiertas a la vida.