“Yo era la mujer que se alzó de la tierra”.

(Maria Beneyto).

Los libros se  recogieron de los sótanos, de las buhardillas, de los encierros pactados o  de las calles, algunos de los ríos,  de los puentes, de los mares que sacudiendo océanos llegaron a las  tierras plenas de blanca nieve o infinitos desiertos. Algunos venían  de las montañas más altas o de los valles profundos.  La voz era la misma, el mensaje también, la pluma de diferentes estilos. Todas eran y son mujeres.  Sólo un par de manos los habían escrito y mentes lúcidas desde luego. Habían cerrado sus ojos  en el oscuro de la noche y abrieron su clarividencia al comenzar el día. Escribieron  poesías, versos, novelas, guiones, teatro…

El día no tenía intención de tormenta o de sombras o de caminos a ninguna parte.  Caían las palabras sin llegar a tocar el suelo. Los paseos y lugares hablaron por sí solos y los argumentos y capítulos se abrieron y se cerraron como si se hubieran terminado la prisa o el desaliento.

 En una casa sin lugar en el tiempo o  en el espacio, crecieron las letras  como un gigantesco rompecabezas que prometía tomar forma invicta sin saberlo.  Hay momentos en que algunas dibujaron con lágrimas, con palabras de desamor y desaliento, mientas otras mujeres grabaron intensamente  en el tiempo  de cemento  las huellas a seguir sin murmullos de habladurías. La vida, siendo un suspiro,se convirtió en algo eterno sin despreciar el calificativo de heroínas.  Así desde “las sin sombrero”  Pardo Bazán con sus “Pazos de Ulloa”  a Jane Austin y “Orgullo y prejuicio, a Rosalía de Castro y sus Cantares gallegos, María Beneyto con su “Canción Olvidada”,y tantas y tantas de las que no conocemos nombre, ni seudónimos, ni vidas.

Qué claridad de mente las suyas, que valentía en medio de la nada, que arrojo callado  y maquillado con espíritu sereno. Escritoras tenían que ser.