Que yo escriba este artículo el 23 F, no tiene importancia, ¿o sí? Hace un montón de años, yo recién casada y esperaba mi primer hijo. Mi recuerdo es siempre el mismo. Sí, cierto no pasó nada pero… Me sentí muy vulnerable durante unas horas.

En la vida hay cosas para ser explicadas o no y otras para ser experimentadas, vividas.

Cuando decidimos experimentar cosas, estamos generando un movimiento hacia el mundo exterior, hacia las afueras de nosotros mismos. La mayoría de las veces este movimiento lleva aparejado conflictos que no habíamos previsto, batallas que dejan heridas, algunas demasiado profundas.

Mas, las heridas se curan, eso sí, quedan las cicatrices y las cicatrices permanecerán con nosotros hasta el final de nuestra existencia y esto es estupendo, ¡claro!! En primer lugar porque nos demuestran que batallamos en esta vida, que no nos resignamos, que luchamos por lo que queríamos, y en segundo lugar porque nos recordarán cómo nos las hicimos y lo que aprendimos de ellas.

Nos enseñarán que las marcas de los grilletes quedan, que la piel que nos falta de los latigazos escribe nuestra historia, que los horrores de la prisión aún pululan por nuestra mente como pesadillas o visiones en blanco o negro. Por eso, tras recordar esto, seguiremos adelante con la medida y el ritmo apropiados.

¿Aunque hagamos este viaje en solitario? Sí, aunque encontremos callejones sin salida, curvas peligrosas, ríos desbordados, puñaladas traicioneras, lágrimas como gotas cuajadas de cera que se adosan a nuestra alma.

Si flaqueamos y nos preguntamos si merece la pena tanto por tan poco, la respuesta es siempre SÍ, pero no porque lo diga yo, Carmen, sino porque vale la pena descubrir, sentir la fuerza interior de la NO rendición.

Entonces, a pesar de todo, te conviertes en un ser fuerte y si te vences a ti mismo eres la fuerza. Así ya no habrá quien pueda doblegarte, reprimirte, aunque lo intente.