Una suave lluvia cubre de diminutas gotas  la bandera blanca y verde sin agitar razones de intrincados pensamientos. En otro lugar de este mundo la lluvia es a ráfagas. Ráfagas de guerra, de miedos, de llantos e impotencia  que arrastra por los suelos vidas, sueños, esperanzas, familias, gentes. Fronteras que se abalanzan a las gargantas de los que huyen cuando ayer, sólo ayer, caminaban sin mirar atrás,  respiraban sin sentir el aire cargado de olor a disparos, a bombardeos que atraviesan paredes y ventanas en las que habitaban la calma y la luz del invierno ucraniano. 

Decía Madeleine Albright que Putin era frío como un reptil. Entonces nadie preveía que estaría tanto tiempo en el poder. Periodistas amenazados a lo largo de un tiempo contable, por querer desvelar la vida de este ruso, más bien de su vida amorosa, terreno vallado,  que parece ser  su talón de Aquiles.  La cuestión es que este ex agente de la KGB llamado Vladimir Putin no quiere  detener su avance  cortado al estilo patrón ruso a su medida. Régimen autoritario que serpentea por Ucrania sin remordimientos, aplaudido el hecho por sus oligarcas.

Trastorno de la personalidad, dicen los expertos psicólogos, que en estos días analizan con lupa los desórdenes de esta clase, que ahora se aceptan socialmente. Dicen pues, que la  conducta  que observan en Putin es de narcisismo desmesurado, con afán de grandeza sin importarle quien caiga. Por supuesto nada de empatía nada de sensibilidad. Le gusta ser temido, comentan, que esta gente narcisista, nunca debería estar  al mando de nada y menos de un país. Putin ya está probando que esos delirios de grandeza de esta fantasmagoría que cuesta vidas tienen un precio, como el de no  poder sacar rublos libremente fuera del país.

Unos cascotes se desprenden de las fachadas sin vida. Ruedan hasta el asfalto que a ratos, nevado inconscientemente, mitiga su sonido. Una hermosa plaza anda perdida en medio de relámpagos de terror y bombardeos por doquier. Miedo y frío.