Dicen que un buen libro es como un mejor amigo, difícil de encontrar y casi imposible de separarse de él. Y es que entre sus páginas se esconde un universo infinito que se transforma dependiendo de la persona que la tiene entre sus manos. Los libros son un tesoro que debemos proteger cual Gollum a su anillo, porque es de las pocas cosas que pasarán de generación en generación, enriqueciendo las mentes de la humanidad.  

Cómo aquel libro cambió su vida no se sabe. Sorpresivamente no hay documento escrito sobre este  hecho. Sólo la imagen casi borrosa,  de las manos blancas y pequeñas  sosteniendo un libro tras otro. Lectura pausada  y llena de luz  en una de las galerías del monasterio de Admon  cercano a Liezen en el estado de Estiria, Austria. Las palabras de aquellos textos valiosos y casi inalcanzables pasaban ante sus ojos como si se trataran de un  beso largo con estructura de libertad en el espacio y  en el tiempo. Anduvo ella por las galerías maravillosas de la abadía sin levantar la mirada de las páginas escritas. Solo sus cabellos rozaban de vez en cuando, el suave papel de las páginas quedándose alguno prendido y prendado por las líneas que forman la herencia de lo que crean las mentes sin arrogancia ni vasallaje. No pesaban las historias escritas, no se medía la largura de sus párrafos ni la anchura de los acontecimientos que allí se detallaban.

Sombras y espacio. Luz y palabras. Cuando visitamos esa biblioteca, su espíritu, el de esta mujer, vagaba entre los rayos de luz que entraban por los enormes ventanales acristalados de las 48 ventanas que posee. Un silencio infinito nos acogió y nos transportó a otros escenarios, a otras vidas. La de ella nos fue narrada como leyenda  que no fantasía, como acuñada, dormida en alguno de aquellos 70.000 libros restaurados, 200.000 volúmenes que ascendían hasta las siete cúpulas que la coronan. Y entonces miramos con nuevos ojos la cultura y el arte de amar las bibliotecas.