A la orilla del Río Seco, entre muletas que limitan mi capacidad de volar por encima de todo aquello que me ata o que me hace sentirme vulnerable. De repente recuerdo que la imaginación puede con todo, incluso con una pierna escayolada así que ¡¡camino, vuelo!!

Entre libros transito, leyendo hechos narrados que ocurrieron en la realidad, en la pantalla, en la ficción, pero que tuvieron que ocurrir. Narraciones de imágenes que aún tomadas con la mejor cámara, una vez que se convierten en palabras la destruyen, la hacen poco o nada reconocible. Magia de palabras que transforman la realidad en otra realidad que vivir. Vidas y vidas entre las páginas de los libros.

Dicen los grandes, como Duras, que "lo que se escribe se ha vivido, y rápidamente lo que se ha escrito ocupa el lugar de lo que se ha vivido".

Éste es el milagro de la escritura, la seducción de la lectura.

Ahora escribo sentada en la explanada sin límites de la ermita. Desde aquí veo Antequera, la ciudad que amo. Oigo el silencio de un cielo azul que no puedo transcribir, porque cambiaría su tonalidad con mis palabras, entre ellas no encuentro el mágico pantone de los colores de la ciudad de piedra.

Respiro hondo, como si quisiera empaparme de toda su sustancia, defectos y virtudes. Ojos cerrados que me transportan a cada una de sus calles, de mis lugares recoletos, del olor del azahar en la Alameda, del saber estar de la Real Colegiata, de la fascinación de las fuentes.

Nadie puede ignorar que ella existe y que aún contada en los libros, en los folletos de viajes, ella es mucho más que sus murallas, mucho más que sus sueños. He aquí mi complicidad con Antequera, ella me escribe, me fotografía, me narra y entonces nos fundimos en negro o en color.

A la orilla de río paseo, imagino que estoy ahí y que existo.