Parece ser que los japoneses tienen mucho de esto, es un mérito, aunque ellos reconocen, que desde pequeños los entrenan para el "peor terremoto".

Pero estoy segura de que ese entrenamiento no llegó a las cotas altas de radicación que están sufriendo. A pesar de ver las imágenes de resignación en diarios e informativos, no me cabe la menor duda, el miedo nuclear empapa su piel y cala sus huesos haciendo vulnerables sus pensamientos, sus emociones.

Los átomos esparcidos en ondas invisibles se combaten con yodo cuando el riesgo sanitario despierta la alerta. No lo sabía. Me he enterado ahora, en estos días en que el epicentro informativo, por desgracia, se encuentra inmerso en la terrible devastación de este país.

Términos como "fuera de control", "las fuerzas de la naturaleza", que por cierto son títulos de películas, acaparan los titulares.

¿Cómo con tanto entrenamiento, prevención y diseño, se han producido estas fugas? Si lo que esperas es 20 ó 30 veces superior a lo previsto en el peor de todos los casos, los pronósticos se desbordan, se convierten en oleadas de terror y muerte.

Dos rostros de niños asustados, indefensos, semiocultos bajo las mascarillas, esperan en la larga cola a que les sea leído su nivel de contaminación.

Nunca pensé que el significado de leer tuviera esta acepción tan cruel.

Sin casas, sin vida, expectantes, ante la llamada de algún familiar, ¿creen que les pasa por la mente la caída de la bolsa?

Cincuenta trabajadores aislados del resto del mundo, siguen en la central nuclear en la que se acaba de producir otra explosión. ¿Qué pasará por sus mentes? ¿Pensarán en su futuro? ¿Lo tienen? ¿Verán cercana su desaparición?

Los términos que se han usado estos días para captar la atención sobre este desastre son apocalípticos. Aún así, se quedan pequeños ante los ojos atónitos de los nipones.

Mientras, mil grullas de papel, emprenden el vuelo de la esperanza.