Decía Mark Twain, cuyo verdadero nombre era Samuel Lang, que la raza humana tiene un arma verdaderamente eficaz, la risa.

Cuando yo encontré a Huck Finn, estaba en esa edad soñadora y aventurera en la que viajar por un río, ser libre, travieso, inteligente, era toda una aventura. Hoy sigue todo igual para mí.

El espíritu del río Mississippi lo trasladé al río de la Villa y me quedaba mirándolo con ganas de construirme una balsa y lanzarme a un mundo desconocido a la vez que extraordinario, acompañada de ese amigo o amiga fiel que todos poseemos en un momento de nuestras vidas y que resulta cómplice y especial en esas edades.

Como Twain, he aprendido más en la universidad de la vida que en la de las titulaciones, y mis deseos de libertad siempre han caminado de la mano de este escritor o de otros, que no sólo la traspasaron a los personajes de sus libros, sino que la vivieron en propia carne.

Libertad sin contaminación y en estos días es harto difícil, pero no imposible. La libertad debe habitar nuestra mente y la risa se debe sentir en el corazón.

Claro que hay episodios trágicos, Twain es un vivo ejemplo de ello, pero superó sus tragedias, sus sombras, con fuerza vital, la misma que guiaba su pluma por páginas y páginas repletas de artículos en defensa de causas nobles, al mismo tiempo que usaba la sátira y la ironía para burlarse, con inteligencia, de los vicios y debilidades de su época.

Las personas que saben reír, en el sentido más amplio del verbo, caminan en sentido opuesto a la mezquindad, al fanatismo del tipo que sea, de la ciega ambición. Las gentes de aquí o de allá, que son verdaderamente grandes, no se miden por sus bienes materiales, se calibran por lo que te hacen sentir, aún sabiendo los riesgos que esto implica y uno de ellos es habitar el paraíso perdido.