Como en ningún otro sitio. Antequera escucha, oye, siente y guarda la voz de Luis Perdiguero.

Yo sé que hay muchas preguntas sobre el flamenco que no se han contestado, de hecho, algunas no tendrán respuesta jamás.

El Flamenco transita por zonas de luz y de penumbra, de lágrimas y risas.

El Flamenco siempre queda, después de las crisis de las guitarras huecas, siempre sale airoso, triunfante, ahí lo tenemos presente en Luis.

El cante hondo es una manera distinta de hacer lenguaje, es un medio de comunicación, que trasmite mensajes de dolor, de pena, desesperación, de cambio de agujas en una estación de la que no se ve el horizonte.

Dicen, los que de ello entienden, que al Flamenco no se le pueden poner límites, ni musicales ni de sentimientos. En el flamenco se mide "el yo" con la historia que se canta, con la música que suena.

No se hizo el Flamenco para una mayoría, pero sí para el sentir popular. Seguramente se hizo esta música para que anduviera más allá de la música.

Compases, cadencias, cuchicheos y voces solas. Voces que abarcan octavas intensas en el territorio andaluz.

¿Es poesía el Flamenco? También, pero también lo es el gesto. Cierro los ojos y lo veo, veo a Luis Perdiguero. Son sus manos, el entrecejo, el botón abierto de la camisa blanca, el nudo de la corbata un poco más flojo, para que fluyan las notas de su garganta, huellas invisibles a los ojos, de un corazón arquitecto de miradas, de unas palabras que rasgan los sonidos de la noche con lamentos y sabiduría.

Malagueñas, soleá, fandangos, granaínas. Cuerdas vibrando en las manos de Chaparro de Málaga, Carrión. Palmeros y palmas.

Taconeo en las tablas. Sentir por los cuatros costados. Magia pura en el corazón de Antequera.

¿EL FLAMENCO? Patrimonio Cultural de la Humanidad. Ahí queda eso.