Dorado, suculento, saciador de bolsillos, tentación brillante, sol que altivo gira y se escapa.

Espaldas sudorosas, viajeros en caravanas. Asalto al carro blindado. Oro en barras. Tesoros.

Cadena de fieles eslabones que pueden traicionarte si baja su cotización en las calles principales, aunque estrechas, en las que se barre para adentro, en las que se escupe hacia afuera todo aquello que no se eleve a la enésima potencia del capital.

Lingotes amarillos que podrían saciar la avaricia del mundo convertidos en polvo fino o en néctar de lluvia.

Rubias de bote, de mechas rubias. Mujeres de oro, laminadas en platino, vestidas de curvas insinuantes de nombres que levan anclas en las orillas de las islas desiertas cuajadas de visones o perlas.

Marilyn, de carne y hueso, de presagios negros, de amistades peligrosas, de sueños mortales de miopía millonaria o estúpida inteligencia.

Rubias naturales y moteadas. Maléficas, refinadas, horteras, cómicas, sentimentales, aburridas... A nadie le pasan desapercibidas.

Aparecen y desaparecen bajo las brochas hábiles de los artesanos del cabello. Así, unas veces se llaman Scarlett y otras, Madonna. Aunque ninguna de ellas esté a la altura de ese lingote de oro bruñido que fue Monroe.

Impacto ambiental, que llena esferas celestes y las visten de grises dulzones, de rosas maquillaje, de verdes marinos, de cuarzos brillantes de sedas voluptuosas.

Dorados y ondulados atardeceres, que imaginados por los poetas, dejan de ser lírica para convertirse en prosa, que gira insinuante en torno a una idea cercana a la bolsa de valores.

Cuando se marchan los dorados destellos, llega la noche y parece que todo se desnuda en las sombras solitarias y aceradas de la luna cuando ésta se desparrama sobre la jungla del asfalto.