Entre el humo de las ruinas, de las casas, entre  el fuego devastador y rampante todo se destruye, se pierde, arde, se quema.  Hectáreas de tierra cuyas entrañas lamentan la sed de los campos, de los bosques,  incluso en las cercanías de los ríos,  que ahora secos, levantan la voz para soltar un grito agónico que se eleva a los cielos. 

Actos de vida y muerte. Julio abrasador  marca en su casilla  el peor año del siglo. Devastador panorama, las gentes que desconocidas se desplazan por estos lares se reservan al hablar de ello de forma favorable, porque en cuestión de segundos  se calienta de nuevo el horizonte. Hombres de amarillo con cascos y protecciones extremas, bomberos que se la juegan  en los focos activos ya sea en Cantillana, en Espiel o Mijas. Vientos que  reavivan la pasión que los trajo y que el tiempo apaciguará cuando quiera. 

Las colillas tiradas, los cristales como lupas, la sequedad de las tierras por la falta de lluvia, el descuido de los que gobiernan que solo echan un vistazo a  una cara del espejo en donde se miran. La sequía continua sin dar tregua y las golosinas urbanísticas aprovechan el resquicio del fuego para hacer su Agosto o su Julio. Pasos atrás en la ley del suelo me temo. Creencias políticas frente a seres humanos desalojados. Miedos, dudas, afirmaciones o negaciones, impuestos que se chamuscan. 

Bandadas de aves a la huida, graznidos  penetrantes que son como cartas mandadas al tiempo,  esperando un acuse de recibo en forma de responsabilidad. El día abrasador  resbala sobre la vieja campana de alguno de los pueblos de nombre desconocido, de hollín prendido en los muros blanqueados la pasada primavera. 

Tienen las hojas quemadas un sabor amargo, ácido como las más tristes  lágrimas derramadas en vano por algo o por alguien  que se saltó las normas de la vida y se ajustó en el cinto el arma de las hogueras.