Arrastran las aceras aún el sabor agridulce de la calima. Color tierra en fachadas que lucían blancas o  en hojas de árboles que presumían de verde primavera.  Incluso las pisadas marcan, dejan huella, en los depósitos de barro que se resisten a desaparecer con la llegada de unos grados de más en el ascenso térmico natural en estos días.

Brillo de lentejuelas cosidas a mano, una auna y cristales que brillan al son que tocan. Chaquetilla torera y abanico rojo, muy España. Sea como fuere la chica llamada Chanel lo bordó, su show impresionante, porque a nuestro parecer cantar y bailar al mismo tiempo, en plan casi de contorsionismo, es de valientes, directa al boom-boom que diría ella. Señoras y señores, ¡esto es Eurovisión! 

De este entramado mediático y político han salido cosas rarísimas a lo largo de los años  y difíciles de creer. “SloMo”, suena con un ritmo  muy festivalero. En Turín sonó así, como un huracán. No necesitaba más, ella nació vestida para esto. Ilusionar a toda España no es cosa fácil. Cuentan los que hacen las cuentas, que la audiencia ha sido mayor que en aquel verano de JJOO en el que se jugaba España Brasil. Ahí queda eso. 

Aunque la resaca política del día de antes, durante y del día después, ese sabor de notas extrañas y más bien rarunas que se sacó de la manga el conjunto ucraniano, levantó amores europeos y de otros remotos lugares, lo entendemos, lo entendemos, Stefania se convirtió en la madre patria. Todo el mundo se llevó la mano al corazón sin pasar por la audición del hip-hop, porque si se hubiera hecho esto sin saber que era from Ucrania los votos hubieran sido otros. Ahora bien el mensaje de unidad europea, no presente en la letra de la canción, parece que se escuchó muy bien. 

Pues nada el resultado de esta mezcla: lentejuelas, canciones y política, nos deja a los ucranianos como ganadores  en medio de una guerra sin sentido.