¡No es justo! Cuántas veces hemos oído esta expresión, utilizada en nimiedades o en tragedias superlativas, como puede ser una guerra, con miles de muertos.

Según los sabios, parte de esta injusticia está en nuestros genes. Bien; unos estamos más capacitados que otros para afrontar problemas o desgracias.

¿Podemos entrenarnos en adquirir o desarrollar estrategias para aumentar nuestra resistencia? Sí, podemos.

¿Les suena serotonina, dopamina? Las tenemos en el ADN. Sustancias cerebrales que nos mantienen activos y nos regalan, nos equipan con la alegría de vivir.

Por eso, y ahora me voy a un refrán, "el arbolito desde chiquito", es decir nuestros niños tal vez sepan las tablas de multiplicar, pero, ¿y su mente, su alegría, su desarrollo en la vida?

No se extrañen del cambio de tercio, me refiero a los temas de esta columna, ya les avisé de que no era una persona al uso. Bueno, en realidad, es que ahora llevo una investigación al respecto y estoy inmersa en esta sustancia.

Les decía que nunca es tarde para remangarse y educarnos en este gimnasio, el de la mente.

Veamos: seguro que si queremos ganarnos las simpatías de alguien no le damos un pisotón, lo mínimo que se despacha es una sonrisa.

El humor es una fuente de equilibrio extraordinaria. Es como el peso que se pone en el platillo de la balanza para contrarrestar un trauma, una carencia.

El sociólogo Stefan Vanistendael afirma:"El humor es mucho más que un mecanismo de defensa, nos ayuda a ajustar situaciones que nos desorientan".

Por eso hay que dejarlo fluir con naturalidad, rodeado de un clima de confianza; si aceleramos el proceso o lo desdibujamos llegaremos al sarcasmo.

Un consejillo sabio: reírnos, no de otros, sí con ellos, y… y… nunca debemos tomar en serio a alguien que no tenga sentido del humor.

¡Vaya, qué injusto!