Dicen los sabios escritores, que la soledad no se encuentra, se hace.

Henry James era uno de esos solitarios y decía que el escritor debería escribir en su escudo una sola palabra: soledad.

Realmente no me cuesta entender esto, pero entre mis amigos escritores, las creencias al respecto pasan por una gama incontable de matices.

Los hay que tienen que escribir en un café, rodeados de gente a la que conocen o no, otros no les importa que su pareja los distraiga con una conversación banal o profunda, cuando terminan la charla vuelven a la novela, al artículo que estaban escribiendo como si nada hubiera pasado.

En realidad la mayoría prefiere escribir en soledad; yo también, pero depende de lo que esté escribiendo. Literalmente me encierro en mi cuarto de trabajo y me pongo a teclear el ordenador. No oigo música, sólo en aquellas ocasiones en las que los sentimientos tienen que aflorar a raudales, me pongo algún cedé de ópera. La Traviata, Aída, El Trovador… ¡Verdi, Verdi!, tan sólo le soy infiel, de vez en cuando, con Turandot. Cuando se me saltan las lágrimas, estoy preparada para afrontar los sentimientos de éste o aquel personaje. Mis hijas y mi marido se acostumbraron hace tiempo y ya no se inquietan si me ven salir del santuario de la escritura, con la nariz como un pimiento morrón y los ojos como tomates. Eso sí, les cuento lo que he escrito, con tal profusión de detalles, que no sé como no me evitan al verme, lo cierto es que ME QUIEREN y eso los convierte en mis más fieles oidores y críticos.

Mientras escribo este artículo, en las pausas que me concedo, pienso en la caravana de los Reyes Magos y miro al cielo, el de aquí está un tanto nublado, pero no amenaza lluvia. ¿Lo ven?, ahora me he salido del mundo del otro lado, el de mi novela, y me he venido a éste, al real. ¿Real, hablando de magos? No sé.

Escribí hace siglos mi carta, en ella pido, con especial énfasis, salud, ¡ummh!! SALUD, trabajo, sonrisas, alegría, vida…

Nada de ondas láser exploradoras de Marte. ¡Dios Santo!, con todo lo que hay que hacer en este planeta, con todas las vidas que hay que salvar en la Tierra ¿cómo me voy a preocupar de Marte?

Cuando lean estas líneas, ya habrán pasado los Reyes por sus casas, algo habrán dejado en sus zapatos lustrados para el momento, aún así, les deseo todo aquello que pueda hacerles felices.