Si tenía un primer párrafo, tenía la novela entera, decía Pilar Reyes su editora. Se describía así mismo como un escritor de brújula no de mapa, hablo de Javier Marías. Pensaba como columnista, que no se debía tener pelos en la lengua a la hora de decir, o escribir, lo que se piensa. Para él era importante no buscar el alago del lector  porque no tiene sentido decir las cosas que ya piensa todo el mundo y mucho menos  decir las que uno no piensa. 

Le quedaba a Javier mucho que escribir, muchas historias que contar, mucha filosofía que trasmitir, de herencia le venía.  No sé si su corazón   era blanco, como el título de una de sus novelas, lo que hemos leído en las noticias más madrugadoras es que había fallecido de neumonía. Sus pulmones lo dejaron marchar después de un breve paréntesis esquivo.

Era Marías creador de mundos ficticios en los que uno podía vivir temporalmente  y marcharse de ese hospedaje con total libertad  para visitar otros refugios de vidas escritas, en el que los que hablan entre páginas, los personajes salidos de su creación, son los que se  cuestionan muchos aspectos de la vida y del tiempo. Tiempo el suyo que dedicó también a la enseñanza en la Universidad Complutense.

No sé si hay que tener un libro descodificador de sus claves de vida real o escrita, porque era directo o sinuoso, supongo que él decidía el trayecto. Para recuperar libros olvidados se embarcó en ser editor y se pasaba tiempo en ese Reino de Redonda rodeado siempre de volúmenes sagrados para él.  Su aspecto de hombre distante y a la vez sensible, confundía a muchos desde las entrevistas que concedía,  desde los premios rechazados  como el que le otorgaron por Los enamoramientos o los eternamente esperados como el Nobel.  

Descansa seguro al lado de Tomás Nevinson, su último protagonista,  fumador impenitente como él. Allá donde esté seguirá contando lo que tenga que contar.