Empiezo estas notas con la letra de unas alegrías de Cádiz, magistralmente cantadas por Chano Lobato, que empieza por:

“Escalofríos a mí me dan…”.

Se refería Chano a los escalofríos que le producían las sirenas de los barcos anunciando que salían del puerto… Eran los escalofríos del misterio. Mis escalofríos eran muy distintos: empezaron a manifestarse viendo la forma de abordar la infección causada por el SARS-COV-2 por parte de muchos políticos y por muchos medios de comunicación; y, de esta forma, de escalofrío en escalofrío, asistí perplejo a los resúmenes periódicos sobre los datos de la pandemia, a los comentarios sobre la aparición de los sucesivos brotes de la infección y a los supuestos datos científicos manejados por no científicos, con absoluto silencio sobre la injerencia de los políticos en el terreno científico. 

Da la impresión de que hemos pasado de no saber nada sobre el virus a saber todo sobre la infección; y yo recuerdo, con sentimiento de vergüenza ajena, lo mucho que queda por aprender sobre los mecanismos bioquímicos íntimos de la infección, recalcando la obviedad de que este conocimiento vendrá de manos de los científicos. Los resúmenes de muchos medios de comunicación españoles han sido bochornosos; en lugar de “meterse” a explicarnos hasta la saciedad aspectos más o menos científicos de la infección, deberían haberse dedicado a analizar otros aspectos: por ejemplo, la incidencia de la manifestación del 8-M del 2020 en España o las consecuencias ligadas a la declaración del estado de alarma y de los largos días de confinamiento; no olvidemos que el 8-M vivíamos en un mundo feliz y, unos días más tarde, el 14-M, se declaró el estado de alarma y el confinamiento rígido de todo el país. ¿Sirvió para algo el establecimiento de ese estado de alarma? ¿Por qué se pasó de ese estado de alarma férreo a dejar en manos de cada comunidad autónoma la toma de decisiones? Y ahí siguió el caos… ¿intencionado?

Me hubiera gustado leer comentarios sobre este caos que ha costado tantas vidas y ha sumido en tanta perplejidad a mucha gente que ha creído “en lo que le decían”. Siento no haber leído nada sobre la responsabilidad de nuestros políticos, tan habituados a “sacar pecho” por otras razones. Me pareció indecente utilizar la infección por el SARS-COV-2 para promocionar a un político mediocre a la presidencia de la autonomía catalana; y me parece despreciable que el portavoz  científico de la pandemia, responsable de rendir cuentas sobre la evolución de la misma, se convierta en “aplaudidor” de las decisiones del gobierno central. Y así hemos llegado a la situación actual en la que cada Autonomía fija sus criterios, unas a regañadientes y otras, con la disciplina de partido a cuestas. Y sigue el caos…

Quizá el secreto de esta maraña quede explicado en la famosa expresión “Competencias autonómicas en materia de Sanidad, Educación y Justicia”, aunque pienso que un gobierno central no debe escudarse en estos principios autonómicos para no dictar unas normas de cumplimiento general en tales materias; o, dicho de otra forma: ¡el caos está servido! Hasta el punto de tratar de camuflarlas deficiencias en la vacunación queriendo dejar en manos de los pacientes vacunados con una dosis de una vacuna la posibilidad de elegir una vacuna diferente para la segunda dosis, mediante la firma de un documento parecido a un consentimiento informado… ¡Qué horror! Y todo se convierte en una lucha contra reloj para demostrar que los ciudadanos, ciudadanas y ciudadanes estarán vacunados “como sea”, alrededor de la fecha prometida. Y si no es así, ¡qué más da! ¡No será la primera ni la última vez que se nos mienta!

Recordemos que en toda infección viral intervienen el virus y el paciente; también en ésta; el virus está cercado por las vacunas y los antivirales que avanzan en su desarrollo; colaboremos con los medios a nuestro alcance (uso de mascarillas, respeto de la distancia física, ventilación...) para que el virus no se propague ni se difunda más. Dejemos a los científicos que avancen en sus estudios sobre los pacientes y nos enseñen el porqué de las infecciones leves, graves o muy graves; profundicemos en los estudios de la respuesta inmunológica; no nos conformemos con ese término acuñado para esta pandemia, pero de amplio significado a medida que avanzan nuestros conocimientos sobre la llamada respuesta inflamatoria: tormenta de citocinas (cytokine storm). Y tratemos siempre de decir la verdad. ¡Ya está bien de mentir! Y ya está bien de buscar votos electorales,seguros de la buena fe de la gente…

Así veía desde los Estados Unidos la situación española y europea, y así vivía los errores de aquel gran país sumido en un período electoral en el que los dos grandes partidos pretendían demostrar el gran interés que mostraban por resolver la pandemia y los problemas asociados a la misma; los dos se aferraban a la Ciencia; uno, el vociferanto (vociferante macho) Trump, para culpar a los científicos y a su cabeza más visible el profesor Anthony Fauci, de su fracaso electoral, por no haber resuelto a tiempo el problema de la infección; el segundo, el prudente y gris Biden haciendo un “acto de fe científico” –falso, en mi opinión– al manifestar públicamente su compromiso con Anthony Fauci, gran hombre de Ciencia, que ha vivido ya en primera línea unos cuantos episodios epidemiológicos auténticamente dramáticos: VIH/SIDA, Ebola, SARS-COV-1, Zica, y, ahora, el SARS-COV-2, tratando de transmitir en cada momento, la verdad científica, tal y como la iba conociendo, y corrigiendo –cuando ha sido preciso– las manifestaciones poco científicas del poder político.