Jueves Santo: Última Cena, institución del sacerdocio y día del amor fraterno

En la última cena, Jesús instituye la Eucaristía, el sacerdocio y nos entrega su legado más significativo el mandamiento del Amor. La lectura de la carta de Pablo a los Corintios recoge el relato de la institución de la Eucaristía. Pablo, que no fue uno de los doce y por lo tanto no estaba allí aquella noche, se refiere a ella como procedente directamente del Señor y que es transmitida por él. Ya entendemos por qué el Jueves Santo es el Día del Amor Fraterno, porque la entrega de Jesús en la Eucaristía, en la cruz, manifiestan el amor incondicional de Dios a los hombres. Quien come su sangre y bebe su sangre se hace uno con Él. No se puede recibir la Eucaristía sin estar dispuesto a encarnar en nosotros, su generosidad, su desprendimiento, su capacidad de perdonar, su entrega total, su amor sin condiciones. La Eucaristía es el centro de la vida cristiana.

Los evangelios recogen otra escena que se da en la Última Cena: el lavatorio de los pies. Ser discípulo de Jesús significa servir, estar dispuesto preparado para ello. Jesús está en este mundo como el que sirve. No ha venido para ser servido, sino para dar la vida en rescate por todos. El que sigue a Jesús no es más que su Maestro. El tono de la última cena es un tono solemne porque en el ambiente flota la despedida de Jesús y que, en ella, Jesús quiere ir a lo fundamental. Ha instituido la Eucaristía y el sacerdocio, ha dado ejemplo de servicio, ha hablado de la nueva alianza, ahora sólo le queda una última palabra y Jesús va a promulgar el mandamiento nuevo: Que os améis los unos a los otros como yo os he amado.

Se juntan en esta celebración de la Cena del Señor un contenido denso y profundo, cada uno tenemos que fijarnos en aquel aspecto que es más importante para nosotros. También nos acercamos al monumento a orar y a acompañar a Jesús a lo largo de la noche y mañana del Viernes Santo. El Triduo Pascual nos ayuda a descubrir lo que Jesús quiere de cada uno de nosotros, y nos da fuerzas para saber estar cerca de los que nos necesitan, especialmente de los que sufren o están enfermos.

Viernes Santo: Muerte de Jesús

Puede que nunca nos hayamos dado cuenta, pero Jesús entra en la historia como un niño débil y muere como un hombre no sólo sin ningún poder social, sino como contado entre los ladrones y criminales y condenado a morir en cruz. Jesús es la debilidad de Dios y la debilidad de Dios nos descoloca, no la entendemos, no entra en nuestros esquemas, nos sobrepasa. La imagen de Jesús en la cruz es la expresión máxima de la debilidad de Dios pero lo es también de su amor insuperable. El dolor se veía exclusivo de la condición humana, sin embargo, en Jesús se nos revela que el sufrimiento de cada persona, nuestro dolor, es también el sufrimiento de Dios. El Reino de Dios parece desangrarse y morir con el crucificado. Sin embargo en Dios, la debilidad se mezcla con el amor. En este día de Viernes Santo, somos invitados a situarnos en la frontera de ese amor increíble de Dios que se ha manifestado en su Hijo Jesús.

En la cruz de Jesús se nos muestra lo cruel e injusta que es cualquier agresión a la vida. Cuando herimos a los demás,  herimos también a Dios. Este día leemos la Pasión de Jesús, y después de escuchar la narración, parece muy difícil encontrar algo de luz, algo de vida. La muerte del Señor la vivimos en esta celebración de dos maneras: con la lectura de la Pasión y con la adoración de la Cruz, son, por tanto, los dos momentos centrales. Es el día de preguntarnos y analizar nuestra vida. Si analizo mi vida con sinceridad, descubriré actitudes que se identifican con el comportamiento de los personajes que aparecen en el relato de la Pasión, seguro que encuentro en mí, conductas y deseos, que pueden encajar perfectamente con lo que hicieron los contemporáneos de Jesús. Aunque quizá más que analizarme y ver mi conducta, deba únicamente contemplarle a Él, clavado, derrotado, muerto por mí. Esta es la posición del viernes santo la contemplación y la adoración de la Cruz. Pararse y mirar a Jesús crucificado por mí.

Vigilia Pascual: Resurrección de Jesús

Esta es la noche la Luz, en la que los símbolos de la celebración nos hablan de muchas paradojas (oscuridad, luz; sequedad, agua; pecado, limpieza) el evangelio, como conclusión de toda una historia de salvación que recordamos en  lectura tras lectura, nos lanza en el mensaje del ángel una simple frase que nos hace sentir la plena alegría de lo que hoy vivimos: Jesús, el que ha muerto, ya no está aquí. ¡Ha resucitado! Durante toda la Pascua que ahora inauguramos no celebramos otra cosa que el triunfo de la vida sobre la muerte.

¿Buscáis a Jesús, el crucificado? Sí, le buscamos. ¡Pues ha resucitado! No busquéis entre los muertos a quien vive para siempre… La Resurrección es una llamada a no quedarnos parados ante la muerte, es una invitación a que podemos descubrir a ese Jesús que vive y nos anima a mantenernos firmes; a darnos cuenta de que nuestro esfuerzo llegará a dar fruto, y eso lo notamos cuando vemos a gente que todavía es capaz de hacer cosas por los demás, gente que es desprendida, que ayuda sin pedir nada a cambio, que da sin esperar recibir, gente que valora a las personas por encima de las cosas, que les importa más dar que tener y todo eso gracias a que Él sigue con nosotros, nos alienta y nos anima. ¡No está aquí ha resucitado! ¡Aleluya!

De poco serviría la gozosa contemplación de la resurrección de Jesús, si nosotros, no renovásemos nuestra vida. Ahora conocemos el amor que Dios nos tiene; sabemos ya para qué nos regaló la vida y cuál es nuestra misión en el mundo. En esta noche santa renovamos con gozo nuestro bautismo, que fue el momento inicial de nuestro vida cristiana. Lo que hicieron nuestros padres con nosotros, en esta noche santa, lo repetimos nosotros profesando nuestra fe.

Esta noche, también es el momento de mirarnos a nosotros mismos y ser capaces de ver por el suelo nuestras vendas y nuestros sudarios; restos que indican lo que aún nos tenía atados a la muerte: nuestros viejos hábitos, nuestras malas actitudes, nuestros tremendos egoísmos e incredulidades… es el momento de dejar atrás esas ataduras y de salir fuera de nuestro sepulcro y vivir resucitados, como hombres nuevos, capaces de andar por la vida de otra manera, cargados de fe, llenos de esperanza, libres de pecado y que vayamos anunciando a todos que Dios nos ama e invitando a los demás a participar de esta resurrección.

Que la Pascua de Resurrección nos ayude con la fuerza necesaria para seguir pidiendo los unos por los otros, nos acerque más los unos a los otros, derribando muros y fronteras que nos dividen y que hacen que no seamos hermanos. Con la alegría de la resurrección por bandera nos disponemos a cambiar aquello de nuestra vida que es necesario cambiar. ¡Feliz Pascua de Resurrección para todos!

 

 

 
 
 
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