La nueva hipocresía es la que ostentamos, todos, en las redes sociales. Es nuestro nuevo escaparate y pasarela. Pero como el dinero, al final, con la muerte, todo se va y se queda lo que tu alma y corazón han hecho en tu día a día.

“Íbamos a salir mejor tras la pandemia”. Para empezar, seguimos en ella, y como la vida misma, es una demostración de lo borregos y servilistas que somos. Lo que se nos dice, lo que nos mandan y lo que nos creemos, es lo que hacemos.

Y si no lo haces, es que vas en contra del mundo, como el de la autovía al que todos le conocían encendiendo las largas porque iba en dirección contraria. No sabemos lo que uno pensará, si le da tiempo antes de morir, pero podríamos pensarlo cualquier día, ya sea por la mañana, en el tiempo libre o antes de dormir.

Antes de escribir esta página hemos podido ver una película cuya banda sonora es del cantante George Michael y en una de las canciones nos dice: “Estos son los días de la mano abierta. No serán los últimos. Ahora mira a tu alrededor, estos son los días de los mendigos y los que deciden.

Este es el año del hombre hambriento, cuyo lugar está en el pasado. De la mano con la ignorancia y legítimas excusas. Los ricos se declaran pobres y la mayoría de nosotros no estamos seguros si tenemos demasiado, pero nos arriesgaremos porque Dios dejó de llevar la puntuación. Creo que en algún momento debe de habernos dejado salir a jugar a todos. Nos escabullimos por la puerta trasera y es difícil amar, cuando hay tanto por odiar”.

Lamentablemente creemos que vivimos en un mundo donde nos crecemos al escribir un tuit, comentar algo en facebook y no pensar lo que decimos. Estamos matando al corazón que llevamos dentro, si no queremos emplear la palabra alma.

Pero en el fondo siempre hay esperanza, nunca se perderá. Esta semana también hemos admirado a Pachi e Idígoras con la portada de la revista del Colegio de Médicos de Málaga. “Ahora, también, que tienen corazón”, describía Ana Pérez-Bryan.

Es lo que nos queda. Por eso, aunque no será la primera vez que lo digamos: ¿y si nos confinamos en casa y ponemos nuestra mano en el corazón y pensamos lo que haríamos con nosotros, con las personas que más queremos? ¿Le haríamos lo mismo que hacemos día a día al que está frente a nosotros o lo consideramos enemigo?

En el fondo de nuestro corazón, debe existir algo de humanidad, para pensar que entre tanto odio que observamos y lamentamos cada vez más en el día a día, hay gente que necesita ayuda.

Haciendo un recorrido por nuestra vida. Los hijos que no nacen, los padres que no pueden, las enfermedades raras, los adolescentes que se suicidan, quienes no encuentran trabajo, quienes padecen esas enfermedades donde no hay vacuna, quienes son perseguidos, a quienes les quitan la vida, quienes sufren accidentes, los abuelos que son abandonados, los que siguen sufriendo por la pandemia...

¿Y por qué no ayudamos en vez de solo ver lo negativo? ¿Lo intentamos? El médico que ayuda ser padres a los que no podían, el enfermero que ayudó en el último suspiro, quien cogió el teléfono para solventar una gestión en vez de decir no, el que perdonó al que fue su amigo, quien no abusa de su poder y piensa en los demás...

Al final, la diferencia entre un ordenador y una persona es que tenemos corazón y alma. La pregunta es: ¿qué somos y qué queremos ser finalmente?

 

 

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