¡Sí!, grito desde dentro de mí, frente al espejo, esos ojos, ese pelo, esa sonrisa, «estoy ¡tremendo!».  Voy a arrasar porque he nacido con todo lo bueno que la vida te puede dar, dinero, un físico de infarto y atracción natural.
 
Leí en un artículo que si estás un par de días sin lavarte se activan las feromonas que toda fémina puede percibir si me acerco lo suficiente.
 
Cogeré lo primero que encuentre para ponerme, da igual, todo me sienta bien.
 
Doy un último repaso a mi maravillosa persona antes de salir de casa con mis cautivadores andares, esos que, cuando miras, dices «¡guau me lo comía!».

Me regocijo en las miradas de los viandantes que se fijan en mí con sus expresiones de sorpresa, hasta giran las cabezas para fijarse bien. Todas las mujeres me adoran, puedo notarlo, pero no voy a mirar, quizá de reojo, no vayan a pensar que es tan fácil tenerme.
 
Un poco después de que nuestro adonis se alejara, dos señoras comentaban entre risas bajas que alguien podría tener la bondad de decirle a ese muchacho que llevaba un roto en el culo de los pantalones y se podía ver una mancha sospechosa en los calzoncillos.