Hacia un par de décadas que dejó, en su ciudad natal, a su amor y al hijo de ambos para luchar por sus ideales. Ahora estaba decidida a recuperarlos.
 
Volvió a la cafetería donde los había abandonado con la esperanza de verles de nuevo.
 

Se sentó en un taburete, en una esquina de la barra, a espaldas de la puerta, y pidió un café con leche. Para no ser reconocida se había tapado el rostro con un tupido velo negro, llevaba un sombrero grande del mismo color y el resto de la vestimenta era del mismo tono.
Estaba inmóvil, como en trance, en ese momento, oyó el crujido de la puerta al abrirse y un cosquilleo recorrió todo su cuerpo. Volvió la cabeza despacio y vio que eran ellos.
 
Se sentaron en la misma mesa de hace veinte años y pidieron un coñac. Mentalmente ensayaba una disculpa, un discurso de perdón, sin saber qué decir.
 
Martina se levantó de su asiento y se dirigió hacia la mesa donde estaban Alberto y su hijo. Se puso frente a ellos, se levantó el velo lentamente y dijo «Perdonadme, os quiero». Él no la reconoció en un principio y se quedó mirándola. Instantes después volvió a revivir, la pasión sentida años atrás y que aún seguía viva en él. Ella fue su primer y único amor.
 
La cogió de la cintura con gran ternura, suavemente, acercándola hacia él. Le acaricio la cara, el pelo, dándole un suave beso en la mejilla.
 
Martina no soportó tanto perdón y su corazón se paralizó. Su espíritu por fin había encontrado la paz.