Siempre viajo sin rumbo. Como brújula averiada incapaz de señalar el Norte.
 
- ¿A qué lugar te diriges tan desolada?- me preguntó una desconocida hallada en el camino.
- Deambulo buscando- contesté sin siquiera levantar la mirada.
- Sea lo que sea que busques, por el sendero que has escogido nada encontrarás.
- Lo sé- le repliqué al tiempo que detuve mi marcha.
- ¡Lo sabes!, ¿y aun así buscas? ¿Cómo pretendes hallar lo que desconoces? Creo, que no solo te encuentras desorientada en este tortuoso camino, sino en cualquier otro que escojas, precisamente porque temes cambiar de destino. Solo hay que observarte. Buscas sin esperanza, sin ilusión alguna, dejándote llevar por ese sentimiento que te identifica. ¡Dime! ¿Por qué no has elegido esa otra senda, fuertemente iluminada y concurrida? Pero, ¡sabes!, no eres culpable de dicha elección. Porque no son tus pies los que te adentran en ese oscuro túnel, estás siendo guiada por un corazón herido que ha tomado la decisión de rendirse, por una mente que ha dejado de pensar y, que se niega a razonar. Ambos se han aliado contra ti, dándote forma, y obligándote a tomar el camino equivocado.
 
Aquella desconocida, me ofreció su mano alzándola con delicadeza, invitándome a que me aferrase a ella con fuerza. Tímidamente, la acepté observando por vez primera sus brillantes pupilas.
 
- ¿Cuál es tu nombre?- le pregunté. A lo que aquella desconocida de semblante iluminado contestó:
- Me alegro de haberte encontrado a tiempo, Tristeza. Mi nombre, es felicidad.