C on las primeras gotas me vestí, cogí los utensilios de la playa y entré en el coche. La constancia del aguacero, que me hizo tararear el “Who´ll stop the rain” de la Creedence, hizo interminable el camino de regreso. Ya en casa, me duché y comí algo de fruta. Seguía lloviendo pese a que la previsión para toda la jornada era de sol radiante. Acabé de arreglar la maleta porque al día siguiente iba a volar a Los Ángeles para reunirme con Cathy. Busqué en internet pero no había ningún pronóstico disponible.
 
Llamé a mis padres para despedirme. Lo único que recuerdo de aquella conversación es que caía una tromba de agua sobre Madrid. Era junio pero, por lo visto, diluviaba en casi toda España. Me inquieté. Encendí la televisión y apareció un periodista deportivo anunciando que las fortísimas precipitaciones de las últimas horas habían obligado a suspender el partido. Apagué el aparato muy preocupado. Consulté en mi ordenador la información que daba el aeropuerto y se confirmaron mis temores: todas las salidas habían sido canceladas hasta nueva comunicación. Guiado por una terrible sospecha averigüé el tiempo que hacía en California y en otros puntos del planeta, encontrando siempre el mismo resultado: lluvia torrencial por tiempo indefinido.
 
Hace varias lunas que no llueve. Algunas zonas han emergido ya de las aguas. Busco un lugar donde dejar de una vez la balsa y hacer de una cueva mi refugio contra las inclemencias del tiempo y  la bestialidad de los humanos.