Soy pequeñito, del tamaño de un ruiseñor criado en jaula, pero con los ojos más vivos y de negro profundo que reflejan mi ánimo sin dudar. De patitas cortas pero ágiles y vuelo parejo, elegante y juguetón. 
 
Lo que más impresiona a mis colegas es mi corazón que late más rápido de lo normal, a ritmo de música tribal. Me considero un pajarillo amiguero, amable y que aún cree en el amor. 
 
Buscador ferviente de la verdad en una urbe llena de miseria y esmog. Poseo una personalidad marcada desde mis tempranos vuelos pues, en los primeros meses, crecí bajo el cobijo de los azules cielos andinos, en donde, oyendo el susurro del canto de las aves y de los seres humanos, aprendí mucho de la vida.

Me llaman Miski y nací en la zona de los quechuas. Vi los rayos del sol al amparo de un hogar cálido y culto, no tanto por saber leer, sino por saber amar. Desde pequeño aprendí que el sol marcaba mi horizonte, mi camino; y conté siempre con la guía de Urpi –mi madre– y Kero –mi padre– hasta el momento en que un día extraño y de fuertes vientos, sentí un potente llamado para irme a tierras más allá de los Apus que ya conocía.

Desde entonces tuve momentos y tragos amargos que terminaron con mi llegada al otro lado del mundo que no conocía; lejos de mi océano Pacífico y cerca de un mar Mediterráneo, donde seguí alzando vuelo sin olvidar lo que me enseñaron.
Tras la búsqueda del eco suave de los cantos de los primeros días, voy encontrando la voz dolorosa de mucha gente, desde lo alto aprecio que aún falta tanto por recorrer hasta alcanzar la paz y el entendimiento. 
 
Y siento la compañía de Waira –el viento–, no se equivocaba con sus predicciones cuando me las susurraba entre sueños.