Siempre soñé con irme del pueblo. Fante, Bukowski, Steinbeck y otros muchos tiraban de mí para llevarme lejos mientras la bibliotecaria me lanzaba  miradas de admiración. Nadie antes había buscado con tanto afán entre sus estantes polvorientos. 
 
Odiaba todo. Los bares donde la televisión emitía partidos de fútbol a todas horas, el botellón de mis amigos entre canciones de moda y borracheras patéticas, la larga cola en la oficina del INEM. Yo tenía inquietudes, sabía que existía un mundo distinto que me esperaba. Me encerraba en mi cuarto con todos aquellos escritores y, después de leerlos, intentaba componer algún texto sin que ninguno pudiera avergonzarse de mis palabras.
 
El autobús me llevó a una sucesión de empleos por diferentes ciudades. Conocí a gente con similares inquietudes y esperanzas, bebí y fumé, trabajé hasta agotarme por un mísero sueldo y escribí. Escribí en servilletas de papel; en los folletos publicitarios que encontraba tirados por la calle; en cajetillas de tabaco y en tickets del supermercado. Escribí sin resuello durante años y a veces tuve suerte, otras no.
 
Mucho después regresé al pueblo. Las calles seguían vociferando aburrimiento mientras los vecinos me saludaban como si hubiéramos estado distanciados por siglos. Como si no me hubieran perseguido, a mi pesar, para protagonizar esas historias que se adueñaron de mi alma.