Su mano aleteó con torpeza sobre aquel cuerpo ahora replegado y sumergido en un miedo de corte antropológico. El vuelo sobre aquella geografía conocida, otrora con nombre y apellidos, se presentó tan fácil que aquel piloto pensó en repetir trayectoria. Describió una línea de puntos que aterrizó sobre el rostro de aquella mujer cuya mirada se ancló en el ombligo en busca de cobijo. 
 
El resto del argumento podría obviarlo, ¿no? Lo hemos oído miles de veces. Yo, narrador de mando y distancia, de mirar hacia otro lado cuando las cosas se ponen feas, podría recuperar el hilo del anterior párrafo. Podría susurrar a su oído que “… las bofetadas se convirtieron en palizas, golpes en presencia de los hijos. Que las maneras de matar fueron diversas: una cabeza cortada, un cuerpo quemado o desmembrado…”. Podría. Pero, ¿para qué? Se vive muy bien en esta otredad, en este territorio etéreo de palabras aún por cocer y descubrir. Total, no veo que en el escenario que usted habita impongan remedios, auxilien silencios ni aviven las memorias anestesiadas. Observo cierta tendencia huidiza y eso me insufla pereza. Tengo demasiadas historias por narrar y contar. Demasiado trabajo.
 
Distinto sería si fuera capaz de variar el tiempo interno de esta historia. Esto debería pactarlo con quien se encuentra al otro lado de la página. ¿Tendrá la valentía necesaria? ¿La pericia? Presiento, al mismo tiempo, que quien está ahí habita en otro tipo de otredad, una de argumentos pactados. Así que quizá lo mejor para todos sea que dejemos esta historia con un final abierto, un relato de argumento quebradizo –y vergonzante, si me pongo el traje de narrador subjetivo– cuya relevancia la determina usted. ¡Huy! Me reclaman. Debo ser la voz de una historia mucho más amable. A ésta sí le prestarán la atención que merece. Por ahora sólo sé que versa sobre un amor imposible entre una humana y un vampiro. Ella…