Durante toda su vida había sido especial para muchas personas. Irradiaba ternura, cariño, respeto, belleza, empatía… Mucha gente la quiso.

Yo la quise. Como una persona amiga, hermana, compañera, receptora de mis penas y alegrías, de mis anhelos y esperanzas, y el hecho de quererla, me hacía mucho bien, me reconciliaba con los demás, me calmaba, me levantaba el espíritu.

Sé que ella me quiso. Lo sabía porque ese sentimiento cuando es verdadero, se transmite sin querer, sin poder evitarlo y lo pude comprobar cuando, después, conocí a muchas otras amigas de ella.

Nadie, pero menos aún personas tan excelentes y buenas, tan entregadas a todos, tan serviciales de corazón, merecen sufrir una agonía tan larga, tan dolorosa y tan inútil.

Yo, que siempre he sido una defensora a ultranza de la vida, pedía junto a ella su muerte. Suplicaba a mi Dios que ocurriera, que la liberara, que acabara aquel sinsentido. Temía pero aún más deseaba que llegara el momento. Ella pedía un imposible y yo me consumía viéndola consumirse de dolor y de pena.

 

Sé que ella me quiso. Lo sabía porque ese sentimiento cuando es verdadero, se transmite sin querer, sin poder evitarlo y lo pude comprobar cuando, después, conocí a muchas otras amigas de ella.

 

Eché en falta leyes y sobre todo, actitudes sociales que la respaldaran. Mis ideas sobre la vida y la muerte se moderaron. Desde entonces no soy capaz de ser tajante en el tema y siento especial ternura por aquéllos que, en encrucijadas en las que deben tomar una decisión difícil, se encuentran solos ante la sociedad y ante la ley.

 

Ella podría tener cualquier nombre: María, Elena, Juan, Antonio… y seguramente yo, también podría ser cualquiera. El dolor no hace distingos.