Puede ser que el tiempo determine que ya está bien de pasar sin que nadie se lo pida y no sólo se detenga, sino que decida retornar. 
 
Que los años retrocedan a una velocidad vertiginosa, nuestro alrededor se sumerja en una vorágine de regreso al pasado, y nos sorprendamos viendo cómo empiezan a desaparecernos cicatrices, cómo notamos que sanamos por dentro, que desaparecen los malos recuerdos y tenemos un dulce Alzheimer, que sonreímos.
 
Que no tenemos la mejor vida del mundo, y el día a día es pesado y a veces inaguantable, pero que, cuando te paras a respirar, ves que eres feliz. Tal vez a tu manera, tal vez no como uno creía de pequeño, ni como se entiende por felicidad en sí misma en la sociedad, pero lo eres.
 
Y, llegado ese punto, sientas lo vanas que son la mayoría de cosas que te rodean, y que no eres culpable por protestar por ello ayer, o mañana. Que es normal vivir en ese torbellino, pero que a veces a uno le da por salir de ahí, quitarse el traje de la vida y mirarlo colgado en la percha, y ver que quizás no te hace lo guapo o perfecto que un día esperaste, pero que te sientes bien con él, con sus taras y su elástico apretado.

Que tal vez la vida no sea eso que esperabas, pero que hay momentos que son más especiales que cualquiera de los que imaginaste jamás.
Puede ser que te pares a saber que duele, y que eso no siempre es malo.
Que si duele, es simplemente porque aún sigues vivo.
 
Y que tal vez no sea tan caro, ni tan desagradecido, el precio que se ha de pagar por ello.