Al amanecer, mi mente aún conserva las imágenes del sueño que me ha rondado toda la noche. En él, con cinco años, doy la mano a mi madre en una abarrotada Bobadilla Estación. Observo el trasiego de gente que acarrea su equipaje mientras un hombre uniformado intenta poner orden dando indicaciones. Mi madre me aparta del bullicio y es entonces cuando reparo en mis abuelos, llorando ceñidos a mi padre, quién debe hacer equilibrios para no dejar caer la maleta que sujeta.

«Vamos papá, vamos mamá», le oigo decir en tono tranquilizador, desligándose de ellos con ternura para abrazarnos a mi madre y a mí. Luego se agacha para pedirme que sea buena hasta que él vuelva y me da un beso apretado. Entre los recovecos de mi mente infantil, algunas palabras que he estado oyendo últimamente –Alemania, trabajo, futuro– comienzan a discernir un vago significado. Entonces el tren despierta para ponerse en marcha y mi padre sube a él diciéndonos adiós con la mano. Veo como se va haciendo pequeño asomado a una de las ventanillas, sin dejar de saludar, mientras mi rostro se llena de lágrimas.

 

Éste es el sueño que un día fue realidad y ahora, mientras al fin me levanto para preparar un café, cuando ya no tengo cinco años, cuando hace mucho que mis padres dejaron esta aventura que es la vida...

 

Éste es el sueño que un día fue realidad y ahora, mientras al fin me levanto para preparar un café, cuando ya no tengo cinco años, cuando hace mucho que mis padres dejaron esta aventura que es la vida, siento que la historia se repite. Porque hoy, dentro de unas horas, tendré que despedir a mi hijo, y las mismas palabras de entonces –Alemania, trabajo, futuro– vuelven a desgarrar mi vida.