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 Qué es la Semana Santa, qué las Procesiones

 

Nos aprestamos a vivir unas fechas de las más importantes del año en muchos sentidos: pocas veces registra la ciudad la afluencia de los días de Semana Santa, pocas se llenan tanto los establecimientos de hostelería, pocas se nota el «movimiento» en comercios y en la vida diaria, como por estos días. Lo origina todo la SEMANA SANTA. Pero ¿qué es la Semana Santa...?

La Liturgia

En sentido estrictamente religioso —recomendamos por supuesto las doctas explicaciones que figuran en el Mensaje de Su Santidad El Papa, en las de nuestros habituales colaboradores religiosos o en las de nuestros sacerdotes locales— el Jueves, el Viernes y el Sábado santos, simbolizan el cambio del mundo viejo al nuevo; son los días de renovación íntima a través de la búsqueda y muerte de Jesús. Estos días son de liturgias especiales y no se ofrecen misas personales de ningún tipo.

El Jueves, se recuerda la última cena de Jesús, con sus doce discípulos y la creación de la Eucaristía; la traición de Judas, que entregó a Jesucristo para que fuera sentenciado y condenado a muerte.

El Viernes, se conmemora el Vía Crucis, es decir el camino de la cruz, el recorrido que hace Jesús coronado de espinas, cargando el madero donde será clavado, hacia la cima del monte del Calvario, tras ser juzgado, castigado y condenado en la madrugada anterior, ante el inmenso dolor de su madre, María. Las catorce estaciones del Vía Crucis, simbolizan el camino de dolor que lleva a la resurrección del espíritu. En fin, el Viernes Santo a las tres de la tarde se conmemora el episodio más triste de la Semana Santa; la Muerte de Cristo.

El Domingo de Gloria o de Resurrección —o a última hora de la noche anterior— se celebra la vuelta del espíritu de Cristo al reino de Dios, se alcanza el momento de mayor júbilo en este calendario: Jesucristo vuelve y vence a la muerte.

Las Procesiones

Celebrada por la Iglesia la serie de actos litúrgicos que culminarán con la Liturgia Pascual, los antequeranos vivimos otro aspecto de nuestra Semana Santa en lo que son las Procesiones.

El nacimiento de las Cofradías de Pasión o de Penitencia, se fija en los siglos XIV-XV en Italia. Serían traídas hasta España por religiosos de diversas órdenes, arraigando de forma notoria, primero en Castilla y, más tarde, en Andalucía. Para estas fundaciones religiosas, la penitencia, pierde su sentido individual, para hacerse colectiva, pública. Y la mayor manifestación penitencial colectiva surge cuando diversas órdenes religiosas deciden «sacar la iglesia a la calle»; no esperar a que el penitente vaya al templo, sino sacando a éste a la calle, haciendo salir de los templos imágenes que conmueven, que mueven al arrepentimiento y a la penitencia.

Para ello, primero, se utilizan las imágenes situadas en los altares o en lo alto de los retablos, pero luego, poco a poco, irán naciendo escuelas de escultores que se esfuerzan en crear imágenes «especiales» que emocionen, por el sufrimiento de Cristo por redimirnos, y por los dolores atroces de María al contemplar a su Hijo escarnecido y humillado, hasta tenerle, muerto, en su regazo. Se comprueba entonces que surge en los espectadores de esas imágenes, primero en los llamados «pasos» o «autos», luego en lo que serían procesiones, un sentido del pecado y un deseo de perdón, lo que propiciará el desarrollo de las Cofradías de Penitencia, como las de los Flagelantes, en Antequera, precursora de lo que hoy son los Estudiantes, que precisamente rememoraron hace unos años sus primitivas procesiones, ascendiendo hasta lo que era centro culmen penitencial de las cofradías antequeranas, el Cerro de la Cruz.

Años más tarde, impulsadas por San Vicente Ferrer y los religiosos Franciscanos —tan dados a representar de manera palpable y «asequible» la vida de Cristo— nacen unas Cofradías de Pasión o de Semana Santa. Los Franciscanos contaban a su favor con la experiencia de haber sido los introductores del Culto a la reliquias de la «Vera Cruz», como guardianes en Tierra Santa del Santo Sepulcro de Cristo. Volviendo otra vez a Antequera, tenemos aquí una explicación del nombre de la Archicofradía de Arriba, fundada por Franciscanos, en torno a la «Santa Cruz de Jerusalén», base de su escudo o insignia.

Antequera y las Cofradías y Hermandades

Antequera tuvo sus primeras cofradías en las Sacramentales de San Salvador-Santa María, fechada en 1517 y la de San Sebastián, de 1520, surgidas en torno a la Adoración a Cristo, presente en el Santísimo Sacramento, de donde toman su nombre. Formaban parte de ellas destacados miembros de la vida local. Mientras, en Italia y, como decimos, poco más tarde en Castilla, funcionaban las Cofradías de Penitencia, que aparecen en nuestra ciudad en 1527, al constituirse en la iglesia franciscana de Santa María de Jesús la del «Cofradía del Dulce Nombre de Jesús Nazareno».

Arraiga esa cofradía tan fuerte en Antequera como en los restantes lugares, y se produce una conjunción entre los fines de la orden religiosa franciscana y los deseos de grandes familias antequeranas, de manera que esa Cofradía, se hace fuerte y poderosa. Tanto, que otras familias piensan que ellos pueden hacer lo mismo y no dudan en invitar a otras órdenes religiosas a establecerse en la ciudad y luego constituir más hermandades. Algunas veces, con las secuelas de las rivalidades entre los unos y los otros, que no sólo fueron los titulares de esas grandes familias antequeranas, sino incluso entre las propias órdenes religiosas, como sucedió con el Pleito entre los de «Arriba» y los de «Abajo», que resolvió, muchos años después, la mismísima Santa Sede, ya entrado el siglo XVII, ordenando a los de la iglesia de Jesús devolver todo a los dominicos. Por cierto que, para no perder los entonces importantísimos privilegios de antigüedad, los de Jesús —religiosos y protectores— idearon fundar la Cofradía de la Santa Cruz de Jerusalén y Nuestra Señora del Socorro, incluyendo a la Sacramental de San Salvador, la primera y más antigua de Antequera, con lo que se fundó no una «cofradía», sino una «archicofradía», en su más exacto sentido de la palabra. Hay una tradición, paralela a estos hechos, que recoge que para el nombre de la advocación de María, tomaron el de la primera imagen «antequerana» de la Virgen, que no es otra que la Virgen del Socorro —hoy existente en un chaflán de capilla del Carmen— que legó a la primitiva Antequera el Copero de Juan II, que tomó parte en la conquista de la Ciudad por el Infante Don Fernando, imagen que ha sido objeto reciente de una restauración.

Proliferación de las Cofradías en Antequera

Es claro el interés de las órdenes religiosas en instalarse en todos sitios y, cómo no, en aquella floreciente Antequera que llegó a ser —el dato nos lo daba Jesús Romero— «una de las diez primeras ciudades de toda España», en los albores del XVI-XVII.. Pero ¿qué interés tenían los protectores locales, las grandes familias en amparar a las órdenes religiosas de manera tan destacada?

Habría que situarse en esa Antequera espléndida que decimos, en la que, satisfechas las primeras necesidades del sustento y de la defensa, surgen otras apetencias: notoriedad, cultura... Las grandes familias de aquel tiempo tenían un medio de destacar fácilmente: atraer a órdenes religiosas, fundar iglesias y conventos, fundar, co-fundar o amparar Cofradías y Hermandades. Además del espíritu religioso que les pudiera mover, en las órdenes religiosas encontraban esas familias ilustres los mejores educadores para sus hijos y siervos. Y también resolvían algo que preocupaba —aún hoy sigue sucediendo aunque con otros conceptos— muchísimo entonces: contar con una sepultura, que los patronos de las iglesias construidas hallaban en las criptas de los templos. Y por si fuera poco, para cultivar el orgullo personal o familiar, lograban algo que es fácil comprobar hoy: muchas iglesias antequeranas ostentan, a los lados del altar o capilla mayor los escudos nobiliarios de las familias que las fundaron, escudos fáciles de divisar.

Fundadas las Cofradías, establecidas las órdenes, surgieron como «contestación» las hermandades gremiales, como una forma de contrarrestar a las hermandades ricas y fuertes de los grandes patronos locales. Éstos lo tienen todo; la manera de contar con algo los «no pudientes» es gremializarse, establecerse en gremios, y hacerlo casi siempre en torno a una cofradía que, además de su carácter religioso, llevará implícita, de manera severísima, una labor de lo que hoy podríamos llamar auténtica previsión social, por la que los «hermanos» o «cofrades», se juramentaban para ampararse en casos de enfermedad o desastres, hasta garantizar un «cristiano enterramiento». El historiador malagueño Sánchez López, asegura que «muchos se hicieron cofrades en la esperanza de no ser desatendidos sus sufragios como podían serlo por sus herederos». Entonces hacían donaciones fuertes a las Cofradías, siempre con condiciones a perpetuidad, lo que habla tanto del aprecio que tenían por su hermandad, como de la desconfianza que sentían hacia sus propias familias. Para poder atender esos gastos y compromisos, se imponen las ayudas y donaciones, para las actividades religiosas y para las asistenciales.

La Corona recela

Lo que había nacido con carácter religioso, empezó a crecer y crecer tanto, las Cofradías llegan a tener tal cantidad de bienes, y consecuentemente de influencia y poder, que despertarán las sospechas y las envidias de las órdenes religiosas tradicionales anteriores e incluso de la misma Corona: recordemos que Felipe V, comienza por privar a la nobleza, a las órdenes religiosas, a las cofradías, de muchas cosas, desde la fiesta de Toros, hasta estos privilegios de carácter más o menos religioso, hasta llegarse a la desamortización de Mendizábal.

A destacar que, en muchos casos, sobre todo en Antequera, los patronos o mandatarios de las Cofradías se encargaron de esconder bienes, imágenes y enseres, para apartarlos de la voracidad recaudadora y que, pasado ese furor de la Corona, se encargarían de granjearse el apoyo real, mediante títulos honoríficos, recompensados por los Reyes de España con la cesión de privilegios y amparos, algunos de ellos confirmados y reconfirmados, como determinados títulos de «reales» de algunas cofradías. De ahí que en muchas Cofradías haya esos nombramientos honoríficos a Reinas y Reyes.

Las Cofradías antequeranas

Del esplendor de aquellos siglos iniciales, se pasó al debilitamiento progresivo por las persecuciones oficiales y, también, por los cambios impuestos por las variaciones técnicas y económicas. Los grandes colectivos dedicados a las mantas, a los curtidos, a la fundición, al campo, se fueron debilitando con la llegada de nuestras técnicas, de nuevos medios... La incomparable Ribera del Río, llena de movimiento y actividad, termina convirtiéndose en solar de edificios arruinados. Es fácil comprobarlo, comparando quiénes dedicaban las funciones al Señor de la Salud y de las Aguas hace cincuenta o sesenta años, y quiénes lo hacen hoy.

En los 40, 50 y 60, era imposible que desfilaran todas las procesiones, todas las cofradías en la Semana Santa. Muchas de ellas habían subsistido gracias a destacadas familias de la localidad, pero éstas también terminan por debilitarse, a medida que se fraccionan. Y es entonces la devoción popular la que no sólo mantiene, sino que da pie al nacimiento de nuevas cofradías. Antequera, sirve de ejemplo pues, manteniendo las antiquísimas de «Abajo», de «Arriba», de los Servitas, del Consuelo, de la Soledad y el Santo Entierro, fueron surgiendo en los años 50 y 60 Pollinica, Mayor Dolor, Rescate, Estudiantes... Muchas de ellas, avivando fortísimos fuegos devocionales de siglos, no apagados del todo; otras, en torno a imágenes de honda devoción local. Ejemplo de ello es, en estos años, el intento de recuperar la Cofradía de La Humildad. Es decir, que se perdían los grandes patronazgos, los caracteres gremiales —Estudiantes, si acaso, la excepción, aunque quizá no se ahonde en ella lo que se hace por ejemplo en Málaga...—, las grandes familias, pero surgen unas «nuevas» Cofradías, más de aspecto «religioso» en torno a las devociones en torno a veneradísimas imágenes. A ellas se debe, por un lado, el apego a la religión de muchos cofrades; por otro, el mantenimiento de tradiciones, de enseres, de patrimonio único.

Hemos dicho en alguna ocasión que hay veces que «los árboles no dejan ver el bosque». Los árboles, son la devoción a ese Cristo, a esa Virgen, que consideramos medianeros e intercesores ante nuestras carencias y debilidades; ahí sigue estando el afán de «conmover» al espectador de las procesiones, de hacerle reflexionar, un instante al menos... Eso es lo que, en el fondo, origina el sin vivir de los auténticos cofrades, sus agotadores esfuerzos, sus privaciones. Esos son los árboles. Y la Iglesia, lo comprende así, y valora el potencial de las cofrades. Pero luego está el «Bosque», el —como no cesan acertadamente de pedirnos desde su docto magisterio capellanes, sacerdotes, religiosos— que nos demos cuenta de que nuestro Cristo, además de en esa imagen que veneramos y procesionamos, está en los necesitados por el hambre, por el paro, por la droga; de que nuestra Virgen, además de en resplandeciente trono, está en esas madres que sufren por sus hijos, en las mujeres maltratadas, en las que siguen sufriendo explotaciones de todo tipo. Ese sería el complemento perfecto a las procesiones, ése el objetivo que muchas Cofradías empiezan a dar a capítulos, a parte de sus actividades, ayudando en las labores parroquiales, colaborando con Cáritas, y, nos consta, en muchos casos, de forma anónima y silenciosa. Pero hay que avanzar mucho más en este sentido. Cuando se haya hecho, la Semana Santa será más real, más completa. Liturgia, Caridad, Procesiones, ése sería el ideal; ése el objetivo a alcanzar, esa sería la auténtica Semana Santa.

 


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