Día de Viernes Santo; viernes de Pasión, de dolor, de sufrimiento, de agonía y Muerte. Nuestro Dios Jesús agoniza al límite de la resistencia humana. Por eso la liturgia de este día es diferente; la ausencia de celebración eucarística en este día y el siguiente, el altar desnudo desprovisto de cruz, sin candelabros ni manteles, la celebración litúrgica vespertina rondando las tres de la tarde. 

 

 Todo ello manifiesta con elocuente y vívido mensaje ese algo especial, irrepetible, transcendental para el hombre, de la muerte en cruz de un Dios  nacido hombre. La primera parte de la Liturgia se centra en la Palabra de Dios acompañada de la plegaria universal. 

Las lecturas del día dibujan un acontecimiento despiadado, descarnado y crudelísimo acontecido hace dos milenios, humanamente pavoroso, divinamente loco, y amorosamente pleno; Isaías no se anda con chiquitas en su descripción: su varón de dolores en sus capítulos 53 y 54, aparece en sus escritos  como  un hombre sin apariencia humana, despreciable, desecho de los hombres, azotado, escupido, golpeado, desfigurado, frente al que todos vuelven el rostro,  horrorizados frente a tan crueles tormentos… por tanta maldad humana de corte satánico.

En plena consonancia y coherencia, la Carta a los Hebreos  enfatiza la realidad de un Dios hombre, Jesús, que asume muy en serio –para nada en broma–  la  condición humana, menos en el pecado, hecha carne de pecado, con todas sus consecuencias, suspendiendo su condición divina, aceptando la crudeza  de una humanidad doliente hasta  la muerte,  y una muerte de cruz, como nos narra Juan en su dramático relato de la pasión. Todo ello, soportado por amor al ser humano.  

La oración universal que concluye esta primera parte litúrgica sugiere la incontestable realidad de un ser humano, redimido por Jesús,  de toda nación, raza, lengua, cultura, o religión, sin diferencia ni distinción, como sujeto universal redimido por su  muerte en cruz;   Jesús muere por todos y a todos abre su brazos perdonando, incluso a los que le odian y posibilitan su trágico patíbulo. 


La Adoración de la Cruz

La segunda parte de esta rica liturgia del Viernes Santo se centra en el rito de la adoración de la cruz; rito que cierra la puerta a una interpretación de la fe en el crucificado como un sometimiento  patológico y masoquista al sufrimiento, al dolor y a la muerte, por parte del creyente; sino que más bien le invita a enfocar la cruz de Jesús, como una realidad de la que emerge un dinamismo espiritual poderoso por el que se adora la figura del nazareno, torturado y crucificado, como secuencia dramáticamente lógica de su compromiso vital a favor del oprimido  y de su oposición al poder político-religioso opresor  de su tiempo; que  asume el dolor, el sufrimiento y una muerte horrible, por amor al oprimido y contra todo opresor de todos los tiempos, de cualquier lengua, sea de la  raza  y nación que sea. 

Pero al mismo tiempo, la cruz de Jesús, a la vez que ofrece a todo creyente el  contundente mensaje de su vida, inmolada a favor de todos, señala también el camino a todo ser humano para erradicar el mal de este mundo: la fraternidad universal es la clave; la paz, la misericordia, el perdón, y la solidaridad son sus constituyentes. Dios habla elocuentemente frente al problema del mal con su ejemplo; y habla categóricamente: experimentando el mal hasta sus últimas consecuencias,  marcando el camino para erradicarlo para siempre.


La Eucaristía

La tercera parte, centrada en la Eucaristía, su pan-cuerpo- partido y su vino-sangre derramada, ofrecida a todo aquel que quiera comerle y beberle, promete la fuerza  y la luz necesaria,  generadoras de esperanza cristiana en un futuro mejor en el que el hombre dejará de ser un lobo para el hombre, convirtiéndose en hermano. 

La Eucaristía, en cuanto memoria  crítica indeleble de su muerte, se abre de par en par a la Resurrección, a la vida de la Pascua. ¡Por fin, y desde entonces, la humanidad, puede contemplar su horizonte existencial con una mirada de esperanza! ¡La muerte se transforma en vida; el mal en bien; el odio en perdón; el hombre pecador en hombre nuevo regenerado! Más información, Especial de Semana Santa de El Sol de Antequera de 2018 (pinche aquí y conozca dónde puede adquirir el ejemplar) o suscríbase y recíbalo en casa o en su ordenador, antes que nadie (suscripción).