Una vez más nos disponemos a vivir intensamente la Semana Santa. Durante la misma, recordaremos, celebraremos y viviremos los grandes misterios de la fe cristiana focalizados en la persona de Jesús; entre ella la del crucificado, objeto de estas reflexiones. La liturgia de este día se centra en una de sus experiencias más traumatizantes, como fue su pasión y muerte.

Todo cristiano auténtico, que busca a Dios y elige libremente vivir su fe, se siente irresistiblemente impulsado a bucear en las profundidades del misterio de un Dios hecho carne que muere voluntariamente por amor. 
 
No en broma, sino absolutamente en serio; no aparentemente, sino con crudo realismo. Las mismas lecturas de este día nos lo recuerdan sin ahorro de crudas y escalofriantes expresiones que conmueven los cimientos del alma. 
 
Isaías, con un estilo  dramático y conmovedor, nos lo presenta como el varón de dolores, desfigurado, sin aspecto de hombre,  desecho humano, habituado al sufrimiento, ante el cual se vuelve el rostro, despreciado, azotado, herido y humillado, triturado por nuestras iniquidades…  
 
También la carta a los Hebreos deja resonar su emotiva y lapidaria afirmación acerca de la condición humana de Jesús, que semejante en todo a nosotros menos en el pecado, habla de  los días de su vida mortal, en los que presentó con gran clamor y lágrimas, oraciones y súplicas, al que podía salvarle de la muerte… aprendiendo a obedecer… (Hb 5, 7-9).
 
Frente a esta manifestación de amor supremo sería conveniente que nos hiciéramos algunas preguntas: Un Jesús, descrito de tal forma, ¿es el Jesús en quien nosotros creemos, el referente de nuestra vida, el que sacia nuestra sed de respuestas a todos los problemas de nuestra vida? ¿Es Él con quien realmente  nos encontramos en los símbolos religiosos, utilizados profusamente, como las  cruces de oros,  las imágenes artísticamente  perfectas, o las  majestuosas procesiones anuales?  
 
 
 
¿Provocan estas manifestaciones religiosas en nosotros sentimientos y actitudes de examen de conciencia, deseos de  conversión, impulsos de amor al prójimo? ¿No hacen sentirnos solidarios y cercanos a todos los crucificados de nuestro tiempo, entre los que se encuentran especialmente los perseguidos por su fe en Cristo? ¿Experimentamos, frente a la figura del crucificado, la necesidad inaplazable de solidarizarnos con el pobre, el desposeído, el cautivo, el perseguido y el ejecutado?¿Nos urge su cálida figura a recibir el sacramento del perdón para también aprender a perdonar?
 
La liturgia de este día, desde la oración universal, pasando por la adoración de la cruz, hasta la sección propiamente eucarística, así como el altar desnudo, el monumento, los colores morados y rojos, está recorrida por un halo de dolor, asombro, admiración y esperanza frente a la figura del crucificado. 

Experiencias, símbolos y sensaciones  que sugieren  la apertura de todo hombre de buena voluntad, y en especial del cristiano, a intensificar nuestra solidaridad con todo el que sufre, el pobre, el despreciado, el oprimido; que también animan y estimulan al examen de conciencia personal, indispensable a toda conversión sincera; que así mismo  nos invita al cambio radical de  una vida indiferente al sufrimiento ajeno,  a la confianza  total en Dios, luz y fuerza en el camino de la vida personal y colectiva. Luz y fuerza que obtenemos, no lo olvidemos,  con el sacramento de la reconciliación y la unión con el Cristo Eucaristía.
 
Horario de Misas del Viernes Santo
 
· 11,00 horas: Los Remedios (Via Crucis).
 
· 13,00 horas: San Sebastián.
 
· 17,00 horas: La Trinidad, Encarnación, La Victoria, Capuchinos, Las Catalinas, Las Descalzas, San Miguel y Bobadilla Pueblo.
 
· 17,30 horas: El Salvador.
 
· 18,00 horas: San Pedro y Bobadilla Estación.
 
· 19,00 horas: Cartaojal.