Las dimensiones y el lenguaje urbanístico que en la actualidad configuran el espacio de la Plaza de Santa María la Mayor poco o nada tienen que ver con el aspecto que tuvo en el tiempo en el que se construyó la gran fachada de la Colegiata. Entonces el espacio de esta plaza era mucho más reducido, cabría decir incluso angosto, debido a las preexistencias medievales construidas que aún permanecían en pie. Es decir, el amplio espacio actual, que nos regala espléndidas perspectivas y enfatiza la monumentalidad de la fachada renacentista, nunca existió en los tiempos en los que este edificio albergó a la institución Real Colegiata de Antequera.

Debemos pensar que el buque y la fachada, que a partir de 1539 diseñó y comenzó a levantar el gran arquitecto Diego de Siloé, se tuvo que adaptar a un solar ciertamente complicado. El primitivo proyecto de la iglesia Colegiata, que había iniciado hacia 1515 el arquitecto mayor de la catedral de Sevilla Alonso Rodríguez, pronto fue abandonado y de él solo se conserva en la actualidad la cimentación de la girola a la entrada de la calle Villa de Enmedio. Este cambio de rumbo y orientación del edifico colegial obedeció a que el templo, que ya se estaba levantando, fue considerado por los canónigos de entonces demasiado pequeño para una ciudad que crecía demográficamente a pasos agigantados. Sobre la marcha, hacia 1530, se replanteó el nuevo proyecto edificatorio bajo la dirección del arquitecto y maestro mayor de la catedral de Málaga Pedro López. Con posterioridad, a la muerte de éste en 1539, se hizo venir desde Granada a Siloé. La llegada del arquitecto burgalés a Antequera hizo que, aprovechando la cimentación ya construida por López, se redefiniera el templo en estilo renacentista, abandonándose las iniciales directrices gótico retardatarias. Pero cuando se comenzó a levantar la nueva fachada, basada en el arco triunfal romano, poco espacio debió quedar delante de la misma. Con el tiempo se demolerían algunas edificaciones de época islámica para ganar espacio, pero nunca se llegó a generar una plaza de dimensiones considerables. Solo la casi total ruina del barrio, empobrecido en la segunda mitad del siglo XIX, concedió a la fachada de la ya parroquia de Santa María unas visuales libres, que hoy nos parecen “de toda la vida”.

Hacia los años cincuenta del siglo pasado, cuando a instancias del Ayuntamiento el Estado comenzó la restauración de las ruinosas cubiertas de la Colegiata de Santa María, la extensión de la plaza que precedía a la iglesia era prácticamente la mitad de la actual. Pensemos que todavía estaban en pie los restos de la antigua Cárcel Pública, ocupando un solar que era continuación de las casas impares de la cuesta de Santa María. A la izquierda del pretil que asoma a las termas romanas todavía podemos ver, hoy en el suelo, dos ventanas enrejadas que en el pasado daban luz y ventilación a sendas celdas de la cárcel; es decir, el solar del presidio antequerano llegaba hasta donde hoy comienza el balcón de hierro forjado, volado sobre las ruinas romanas. Este edificio, que entonces era ocupado por familias muy pobres, fue adquirido por el Ayuntamiento a comienzos de los años setenta del siglo pasado e inmediatamente se procedió a su demolición para “ampliar y regularizar” la plaza. En el otro lado de la plaza aún subsistían entonces algunas casas que, después de algunos años de abandono, también fueron adquiridas por el Ayuntamiento para mejorar las visuales de la fachada. De su existencia, a comienzos de los años cincuenta del siglo pasado, queda constancia gráfica en la foto que ahora publicamos. Por otra parte, la amplia rampa que existió durante siglos para subir a la calle San Salvador también invadía buena parte del pavimento de este espacio público. En resumen, que la plaza de Santa María no adquirió sus actuales dimensiones hasta los comienzos de los años setenta del siglo pasado.

En vísperas del recordado concierto de la Orquesta Nacional de España, que tuvo lugar el día 7 de septiembre de 1973 en el interior de la Colegiata, el Ayuntamiento procedió de manera urgente a nivelar el suelo y extender un pavimento de hormigón en toda la plaza, siendo ésta una actuación que tenía carácter de provisionalidad pero que terminó manteniéndose durante más de una década. También de manera provisional se consolidó el pretil de la plaza que asoma al solar, entonces un sembrado de propiedad privada, en el que muchos años después, adquirido ya por el Ayuntamiento, se excavaron las termas romanas y parte de un barrio medieval por el módulo de arqueología de la Escuela-Taller.

 

La urbanización monumental de la plaza y su inspiración en la ciudad italiana de Pienza

En el año 1984 la Junta de Andalucía, a través de la Consejería de Obras Públicas y Transportes, publicó una orden para financiar intervenciones en entornos de centros históricos y monumentales de Andalucía. Desde el Ayuntamiento de Antequera, que entonces presidía el alcalde Pedro de Rojas Tapia y del que yo era concejal de Patrimonio Histórico, se solicitaron sendas actuaciones en las plazas de San Sebastián y de Santa María la Mayor. Ambas obras fueron aprobadas, encargándose de los proyectos la propia Junta, la cual desplazó hasta Antequera un arquitecto para intercambiar ideas sobre las actuaciones que el Ayuntamiento pretendía llevar a cabo. En aquel momento recibí del alcalde el encargo de atender al técnico y de plantearle aquellas propuestas que considerase más apropiadas en función de las características de cada uno de los dos ámbitos monumentales referidos. Ahora, sin embargo, solo trataremos sobre la propuesta que le hicimos para la plaza de Santa María la Mayor, de la que el arquitecto tomó puntual nota e incluso se llevó unos dibujos o rasguños que sirvieron de base para el proyecto definitivo.

Volviendo atrás en el tiempo, recuerdo que la misma noche del concierto de la Orquesta Nacional de España –en septiembre de 1973, como ya se apunto más arriba–, a la salida del mismo pudimos comprobar la gran superficie hormigonada que se extendía por toda la plaza, después de las demoliciones de los edificios ya referidos. Entonces comenté con algunos amigos la necesidad que tenía el Ayuntamiento de plantearse un tratamiento adecuado y singular para un espacio tan amplio y en el que la fachada de la Colegiata debería marcar el eje del nuevo programa edilicio. Pero lo que en aquel momento pensara un estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras de Granada, como era mi caso, tampoco es que importara demasiado. También me viene ahora a la memoria que en las clases que nos que impartía el catedrático de Historia de Arte José Manuel Pita Andrade, que llegó a ser director del Museo del Prado, nos habló con cierto énfasis de un caso de urbanismo renacentista italiano de gran singularidad e importancia histórica, como era el ejemplo de la pequeña ciudad de Pienza, situada cerca de Siena en la región de la Toscana. Se trataba de una aldea medieval de pequeñas dimensiones en la que había nacido el papa Pío II (Eneas Silvio Piccolomini) y que, tras una visita suya en febrero de 1459, decidió reconstruirla para establecer en ella su residencia ideal. En su proyecto personal concibió un programa edificatorio, en torno a una nueva plaza rectangular, en el que se incluía: “Construir desde sus cimientos una iglesia de magnífica estructura (catedral), enriquecer este lugar con un digno palacio que ocupe el antiguo solar de la casa paterna y añadir otros edificios” (Bula de 13 de agosto de 1462). El diseñador de todo ello sería el arquitecto Bernardo Rossellino (1409-1464), al parecer aconsejado de manera muy directa por el gran León Bautista Alberti (1404-1472). De todo ello da cuenta el gran arquitecto e historiador italiano Leonardo Benévolo (1923-2017) en su “Historia de la Arquitectura del Renacimiento”, dedicando un amplio espacio al ejemplo urbanístico de Pienza, dentro del capítulo que denomina “La ciudad ideal”. En el año 1996 la pequeña ciudad de Pienza fue incluida en el listado de Patrimonio Mundial de la UNESCO.

En cualquier caso tengo que reconocer que cuando el profesor Pita Andrade fue proyectando durante sus clases las diapositivas de la plaza de Pienza, con la fachada de su catedral –basada en el arco triunfal romano y elevada sobre doble escalonamiento– como eje articulador, rápidamente me vino a la mente la fachada de la Colegiata de Santa María; incluso la solución del pavimento original, con listas de piedra y centros de ladrillo en espiga materializando el reticulado perspectivo, me pareció de apropiada aplicación en el caso de la ‘nueva’ plaza antequerana. Pero habría que esperar bastantes años para hacer realidad aquella idea.

El pavimento ‘italianizante’ de la plaza

Las obras de urbanización de la plaza de Santa María, adjudicadas a la empresa antequerana Craolma, S.A., se llevaron a cabo en el primer semestre de 1986. La ejecución del proyecto comenzó con el rebaje de toda su superficie, para lo cual se tuvo que demoler la capa de hormigón ya existente, con la idea de elevar la fachada de la Colegiata tres escalones sobre la cota de la plaza: el escalón de caliza roja de El Torcal antiguo y dos más de nueva creación, estos como paso a una plataforma que antecede a la fachada. Con respecto a la forma de la plaza hay que aclarar que no se trata de un rectángulo, sino de un polígono bastante irregular, algo que desde el primer momento vimos que había que ‘disimular’ con el dibujo del pavimento. Si partíamos del centro ideal de la plaza, situado en el eje perpendicular a la fachada de la Colegiata, quedaba extraño el otro eje visual que venía desde el Arco de los Gigantes y la plaza de los Escribanos, por lo que no había lugar a dibujar en el suelo las listas de piedra de un gran rectángulo. La solución fue diseñar en el pavimento un octógono de lados desiguales dos a dos, de manera que estos resultaban paralelos a la fachada de la Colegiata, al muro-pretil y al desembarque de la cuesta de Santa María, mientras que una de las ochavas recibía, también de forma paralela, el antedicho eje que nacía del Arco de los Gigantes. En el centro del octógono se planteó un cuadrado, elevado y rodeado de dos escalones perimetrales, donde en el futuro se colocaría, sobre su pedestal, una escultura en bronce del poeta antequerano del período manierista Pedro Espinosa. Esta explicación, que parece un poco galimatías, se entiende mucho mejor si observamos el dibujo en el plano que ahora se publica.

En cuanto a los materiales empleados, se hizo uso de la piedra de Porcuna (Jaén) para las listas del dibujo y ladrillo dormido en espiga (el opus spicatum romano o espina de pez) para los centros reticulados. Esta piedra de Porcuna es una arenisca, muy resistente a la intemperie, que se saca de las canteras en lascas u hojas con mucha pericia y a base de pico. En el caso de la piedra que se utilizó en la plaza de Santa María se trataba de losas ya ‘curadas’, pues el proveedor que las suministraba las obtenía de la demolición de los patios interiores de las casas del pueblo, que los vecinos sustituían por modernos terrazos. El ladrillo del pavimento se encargó en unos alfares de Vélez-Málaga, pero no ladrillos completos, sino medios, ya que no tenía sentido enterrar la pieza completa en una zona peatonal.

El muro pretil en su cara interior que asoma a las termas romanas se levantó con grandes sillares de piedra arenisca dorada del cortijo de El Castillón, coronándose con grandes piezas de caliza crema del Valle de Abdalajís, que reaprovechamos de los andenes de una estación de ferrocarril abandonada, previa solicitud de autorización a la Red Nacional de los Ferrocarriles Españoles (Renfe). Entonces aparecieron los vanos enrejados de las celdas de la antigua Cárcel Pública, que se recuperaron como testigos parlantes del histórico edificio. El balcón volado de hierro lo hicieron los alumnos de la Escuela-Taller ‘La Colegiata’, concretamente del módulo de Forja, que estaba ubicado entonces en las antiguas caballerizas, situadas debajo de la sacristía mayor. Por cierto, que la anchura de este balcón marca, en la verticalidad del muro exterior, un paramento diferenciado de los dos laterales: el de la antigua Cárcel Pública y el que sostiene la primitiva plaza de la Colegiata. Este nuevo balcón de hierro, de 1,50 metros de altura y 4,20 metros de anchura, sirvió desde el primer momento para poder contemplar desde la plaza las ruinas de la estructura general del complejo termal de la ciudad de Antikaria.

 

El monumento a Pedro Espinosa

Ya se apuntó con anterioridad que la idea de centrar la plaza de Santa María con una escultura en bronce del poeta Pedro Espinosa (1578-1650) la planteamos desde el mismo momento en el que se proyectó la remodelación de este espacio. A pesar de ello tuvimos que esperar doce años para hacer realidad aquel propósito. En un principio la estatua se le encargó al escultor antequerano Jesús Martínez Labrador, quien avanzó la idea de concebir una figura sentada y tomando como modelo para la cabeza al poeta José Antonio Muñoz Rojas, ya que no se conservan retratos fidedignos de Espinosa. Pero como los años pasaban y nada se hacía al respecto, el Ayuntamiento optó en junio de 1996 por hacer un nuevo encargo al joven escultor antequerano José Manuel Patricio Toro, quien además era discípulo de Martínez Labrador. El 26 de septiembre de aquel mismo año, Patricio presentó al Ayuntamiento el boceto preparatorio de la futura escultura de Pedro Espinosa, que recibió el visto bueno de la Comisión de Cultura. En los meses siguientes, formalizado el oportuno contrato, el artista elaboró el modelo en barro de la nueva obra en una de las naves de los Servicios Operativos Municipales del Camino de la Campsa, optando por plantear primero una figura desnuda para después irle añadiendo los ropajes de época.

Recuerdo que en una visita que hice al referido taller de la Campsa, en la tarde del día 8 de enero de 1997, pude comprobar que la escultura en barro, de más de dos metros de altura, estaba ya prácticamente acabada. Entre los meses de febrero y abril realizó los moldes de escayola y el día 29 de este último mes ya estaba concluido el positivo de poliéster para ser enviado a la fundición CAPA de Arganda del Rey. Dos visitas hubo que realizar al taller madrileño, el 17 de julio y el 27 de noviembre del mismo año, por algunos problemas técnicos que surgieron sobre la marcha. En la última visita a Arganda del Rey, el día 30 de enero de 1998, la escultura estaba ya completamente acabada para su traslado hasta Antequera. A su llegada a nuestra ciudad la pieza de bronce fue guardada en el interior de la Colegiata de Santa María, a la espera de su colocación definitiva, y el modelo de poliéster se situó sobre la mesa de la Sala de la Panera del Pósito de manera provisional. Este último pudo ser contemplado en la tarde del día 6 de mayo de 1998, en el mismo Archivo Histórico Municipal, por José Antonio Muñoz Rojas, acompañado de su esposa Marilu, su hijo Rafael y de Antonio Parejo, durante el transcurso de una visita que hicimos a diferentes puntos de la ciudad; por cierto, que el poeta, que siempre se consideró ‘amigo personal’ de Pedro Espinosa a pesar de la distancia temporal, lo encontró “bastante joven y guapo”, como dando a entender que el hecho de no conservarse ningún retrato auténtico del personaje había terminado favoreciéndole. En todo caso, la gran escultura de su amigo Espinosa, aún más grande vista en un interior cerrado, le complació sobremanera en el regocijo de su antequeranismo universalizado.

Un mes después de aquella visita al Pósito, estando reunido en comisión de gobierno, me pasaron una llamada telefónica del delegado del gobierno de España en Andalucía, José Torres Hurtado, comunicándome que los Reyes visitarían Antequera el próximo día 22 de junio. También me pedía que le pasara un borrador de los actos que podían presidir o de aquellas cosas que podían inaugurar; lógicamente, una de ellas sería el monumento a Pedro Espinosa en el centro de la plaza de Santa María la Mayor. El 16 de junio de 1998, a las 8’30 de la mañana, los trabajadores municipales comenzaron a abrir la zanja de cimentación para colocar el pedestal del monumento al poeta antequerano. Cuatro días después, a la una del mediodía, mediante una grúa y sujetada por eslingas se colocaba la estatua de bronce sobre el basamento de caliza roja de El Torcal, que se realizó en el taller municipal de picapedreros, a la espera de ser inaugurada por los Reyes en la tarde del día 22.

 

Reflexión final

Como ya apuntamos con anterioridad, el espacio que antecede a la monumental fachada de la Colegiata de Santa María nada tiene que ver con la extensión que tuvo esta plaza en el momento de la construcción del templo, ni tampoco en los tres siglos posteriores. Durante el tiempo que albergó a la institución Real Colegiata y después ya solo a la parroquia de Santa María, la plaza fue mucho más pequeña e incluso tuvo una forma bastante más irregular. Es decir, tanto la ruina de los edificios de su entorno en el siglo XIX como las demoliciones ya referidas a comienzos de los años setenta del siglo pasado, fueron las que propiciaron el anchuroso espacio actual. Por ello, cuando en 1986 se acometió su urbanización de carácter monumental, hubo que echar mano de un concepto nuevo y, al mismo tiempo, inspirado en los mismos ideales que dirigieron a Diego de Siloé en el siglo XVI a la hora de diseñar la gran fachada: el modelo histórico italiano. Nos guió el ejemplo más significativo y más acorde con el concepto de ciudad ideal del Renacimiento, como es el caso de la plaza que promovió el papa Picolomini en la ciudad de Pienza, aunque lógicamente adaptando aquel modelo urbanístico al caso antequerano. Digamos que se hizo de la necesidad virtud, que dice el refrán castellano, sin intención de caer en el falso histórico. Al mismo tiempo, la inclusión de un elemento centralizador del espacio, como es el monumento al poeta Pedro Espinosa, partió, sin embargo, de ejemplos españoles más cercanos a nuestro tiempo, como son las esculturas en bronce sobre basamentos de piedra de fray Luis de León (1869) ante la fachada de la Universidad de Salamanca o la de fray Luis de Granada (1910) ante la de la iglesia de Santo Domingo de la ciudad de la Alhambra.

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