La conformación urbanística del espacio que hoy conocemos como el Coso Viejo sigue siendo una incógnita en cuanto al momento histórico en el que se tomó la decisión política de su creación.

En una ciudad como Antequera, cuya expansión urbana –desde su acrópolis fundacional hacia lo llano– comienza a finales del siglo XV, se va formalizando un trazado de las nuevas calles respondiendo a la orografía del terreno y sin apenas plantear la necesidad de crear espacios públicos de socialización. Consciente de ello, el personero de la ciudad Pedro Muñoz solicita en 1518 autorización a la reina doña Juana y a su hijo el emperador Carlos para la creación de dos nuevas plazas fuera de los muros de la ciudad, “una en la calle del Portichuelo y la otra cabe la iglesia de San Sebastián, donde había espacio y buen sitio que había quedado para ello, al tiempo que se poblaron los arrabales”. Es decir, una plaza en la expansión de la ciudad alta y otra en la nueva ciudad de lo llano. Por qué entonces se ‘reserva’ un espacio tan extenso y geométricamente tan cuadrado en un punto casi inmediato a la plaza de San Sebastián como es el Coso Viejo. Este hecho no parece tener mucho sentido, salvo que esta plaza fuera en origen una manzana edificable y rodeada de tapias que, por razones que desconocemos, nunca llegó a ocuparse y terminó siendo dominio público. O quizá la municipalidad obtuvo este espacio adquiriendo parcelas e incluso demoliendo construcciones, ya avanzado el siglo XVI, para crear una plaza mayor al estilo castellano que nunca llegó a fraguar, quizá por la pendiente de toda su extensión; recordemos en este sentido que entre la cota cero de la esquina del restaurante El Angelote y el pie de la torre del palacio de Nájera existe una diferencia de seis metros en altura, que apenas se nota debido a la configuración actual de la plaza. Tampoco debemos olvidar otras dos circunstancias: que las calles Encarnación y Nájera nunca estuvieron interrumpidas por este espacio y que los dos laterales perpendiculares fueron ocupados en su totalidad desde el siglo XVII por las fachadas del convento de las dominicas de Santa Catalina de Siena y del palacio de los Eslava (modernamente llamado de Nájera). 

El profesor Alijo Hidalgo documenta en 1572 el histórico traslado del mercado principalmente de ganado, pero también de granos y otros productos, desde la Plaza Alta, situada ante la Puerta de la Villa (a partir de 1585, Arco de los Gigantes) hasta el ya entonces conocido como Coso Viejo. El traslado fue ordenado por el corregidor de la ciudad Blasco de Villaroel, lo que levantó las iras de la añeja nobleza, del cabildo de la Colegiata de Santa María y hasta de los comerciantes de las plazas del Portichuelo y de San Sebastián. Todos se sentían perjudicados, pues alegaban que la ciudad intramuros terminaría siendo abandonada de las gentes y, a medio plazo, totalmente arruinada en beneficio de la ciudad de lo llano. Después de muchas alegaciones y argumentaciones, el corregidor se salió con la suya y la gran actividad comercial de la Antequera en expansión urbanística y demográfica se trasladó definitivamente al espacio que nos ocupa. Los burgueses dedicados al comercio que habían venido de fuera y estaban asentados en la ciudad le habían ganado la partida a los nobles que seguían alegando “que por los pasados nuestros antecesores se ganó de los moros esta dicha ciudad y es justo que se defienda la conservación de ella” para que el mercado se siga haciendo donde se hacía. Pero la decisión ya estaba tomada.

La plaza de las Verduras

Desde el siglo XVIII el espacio urbano del Coso Viejo comenzó a ser denominado en el argot popular como plaza de las Verduras, pues hacía las veces de mercado público y a cielo abierto de la ciudad, fundamentalmente de estos productos. Era algo parecido a los mercadillos actuales, solo que se montaba a diario y ofrecía todos aquellos productos de primera necesidad que se podían permitir los ciudadanos que contaban con los medios económicos suficientes; otra gran parte de la población vivía a diario de la mendicidad, de la ‘sopa’ de los conventos e instituciones de caridad y del desprendimiento en metálico o en especie de las familias adineradas, como fórmula práctica para el perdón de sus pecados y la consiguiente posibilidad de la salvación de sus almas. En definitiva, el mercado de la plaza de las Verduras era una abigarrada mezcla de gentes que vendían, fundamentalmente aquellos productos agrícolas que cultivaban en las tierras que tenían arrendadas, y otras que se dedicaban a pedir limosna, todos bajo la mirada atenta de los alguacilillos.

Una de las descripciones literarias de mayor plasticidad pictórica y más evocadoras de la vida mañanera del Coso Viejo se la debemos al escritor norteamericano Washington Irving, reflejada en el primer capítulo de sus Cuentos de la Alhambra. En esta obra mundialmente famosa, durante el viaje que realiza pasada la Semana Santa desde Sevilla a Granada, el autor relata cómo hace parada y fonda en nuestra ciudad, alojándose en la Posada de San Fernando de la cuesta de Barbacanas. Llega el domingo 3 de mayo de 1829, entrando por la Puerta de Estepa, discurriendo por la Alameda y calle Estepa hasta llegar a la citada posada. Al día siguiente, casi de amanecida, sube para visitar las murallas de la vieja Alcazaba y observar todo el paisaje que le rodea: “Desde allí, sentado en los restos de una torre derruida, disfruté de un extraordinario y variado paisaje, hermoso por sí mismo y repleto de románticos recuerdos históricos…”. Y después de extenderse en la descripción de aquello que contemplaba y de hacer referencia al ‘Peñón’ de los Enamorados y su leyenda, añade: “El toque de maitines en la iglesia y el convento que tenía a mis pies (Catalinas) resonó con placidez en el aire matinal, mientras descendía. La plaza del mercado (Coso Viejo) comenzaba a bullir con la gente que comerciaba con la abundante producción de la vega, porque éste es el centro de una región agrícola. En el mercado había a la venta gran cantidad de rosas recién cortadas porque no hay dama o damita en Andalucía que piense que su atavío de gala está completo sin una rosa que brille como una gema entre sus negros cabellos”.

 

El ajardinamiento del alcalde Francisco Guerrero Muñoz

Uno de los personajes más interesantes del siglo XIX antequerano, entre otros muchos, fue el alcalde Francisco Guerrero Muñoz (1838-1906), que se mantuvo en el cargo, en dos etapas diferentes, durante un total de dieciséis años. Entre sus muchas actuaciones encaminadas a la mejora de la ciudad, con el apoyo permanente del político Francisco Romero Robledo, destaca la construcción en medio del Coso de San Francisco, entre los años 1879 y 1885, del nuevo Mercado de Abastos –el actual– con proyecto de 1879 del arquitecto Fernando de la Torriente. Después éste sería modificado y simplificado en su ornamentación durante la obra dirigida por el también arquitecto Jerónimo Cuervo y la ejecución del maestro de obras de la ciudad Francisco de Torres.Pero antes de la construcción de este edificio se había planteado levantar otro mercado, ocupando todo el Coso Viejo, con una arquitectura del hierro fundido diseñada en Madrid que no se llevó a cabo, posiblemente por el alto coste del mismo.

En definitiva, el Coso Viejo cuando se acercaba el final del siglo XIX seguía siendo un gran llano sin urbanizar y ahora incluso sin una utilidad concreta en pleno centro de la ciudad. Se le ofrecía, por tanto, una magnífica oportunidad al alcalde Guerrero Muñoz para mejorar su aspecto mediante la formalización de un ajardinamiento con poco presupuesto. Fue en el año 1896 cuando este proyecto se llevó a cabo con un sencillo diseño en el que se mezclaban árboles, parterres, bancos de ladrillo, farolas, una baranda de hierro perimetral y unas “esculturas de escayola” que debieron tener corta vida.Para conocer el resultado final de esta actuación contamos con una fotografía excepcional que se haría poco después de abril de 1896, fecha en la que quedó inaugurada la obra de reforma. Un mes antes, el 14 de marzo de aquel mismo año, imaginamos con la obra bastante avanzada, los compañeros de corporación del alcalde acordaron denominar a la plaza con el nombre del primer regidor. Y como escribe Juan Campos Rodríguez: “Una vez aprobado por unanimidad aquel punto entró Guerrero Muñoz en el salón de sesiones y, tras mostrar su sorpresa por el acuerdo, manifestó que lo aceptaba…”.

 

El Coso Viejo como monumento funerario

Recién terminada la última guerra civil, el Ayuntamiento de Antequera decide en 1940 encargar el proyecto de un gran monumento funerario a los “mártires y víctimas” del bando franquista que perdieron la vida durante la contienda, que ocuparía todo el extenso solar del Coso Viejo. El encargo se hizo al arquitecto malagueño Fernando Guerrero-Strachan Rosado (1907-1941), hijo del gran arquitecto de igual nombre que fue autor, entre otros muchos edificios, del Hotel Miramar y el Ayuntamiento de la capital.

El proyecto de Cruz de los Caídos de Antequera, que Guerrero-Strachan Rosado firma en agosto de 1940, un año antes de morir jovencísimo de tifus exantemático, es fruto de la euforia política del momento en su monumentalismo funerario impropio en sus dimensiones del centro de una ciudad. En la mayoría de localidades este homenaje se limitó a una cruz y una lápida con los nombres de los caídos del bando nacional en la fachada de la iglesia, pero aquí en Antequera se quiso hacer algo más a lo grande. De hecho, el inicio de las obras se retrasó en el tiempo, no concluyéndose las mismas hasta 1945;incluso la cruz de mármol blanco y su basamento no se incorporaron hasta el año 1953. Al final, el Coso Viejo se convirtió en una especie de cementerio en mitad de la ciudad, con el fuerte protagonismo de la enorme cruz ya referida, en la zona más alta de la plaza, que aparecía arropada por una hilera de altos cipreses. Un conjunto urbano no pensado para el uso y disfrute de los ciudadanos, sino para ser contemplado desde su exterior perimetral con una mirada fúnebre y reverencial, ya que los muretes que lo rodeaban tenían un único acceso por la calle Encarnación.

La remodelación del año 2002

Al comenzar el actual siglo todo el conjunto anteriormente descrito se encontraba bastante deteriorado. El estanque en forma de T, que precedía al espacio en alto más cercano a la calle Nájera, se había hundido y no retenía el agua, los enchinados estaban destrozados y el intento de abrir dos nuevos accesos escalonados en la zona más elevada de todo el recinto no terminaron de funcionar. Además, desde hacía algunos años los conductores de los autobuses turísticos que visitaban la ciudad se quejaban de no poder aparcar sus vehículos en un punto cercano al casco histórico, lo que como alcalde me llevó a tomar la decisión de dedicar una zona de la plaza inmediata a la calle Encarnación para solucionar el problema. Con esta última medida aumentó considerablemente la llegada de turoperadores a Antequera y con ello el movimiento turístico de la ciudad.

Sin embargo, el resto de la plaza seguía siendo una asignatura pendiente de resolver, ya que su aspecto no solo desarrollaba un discurso políticamente obsoleto en aquel momento, sino que además no cumplía ninguna función ciudadana concreta ni contribuía a la imagen de ciudad monumental, histórica y turística de Antequera. El proyecto de remodelación integral del Coso Viejo se redactó a comienzos del año 2000 por el ingeniero malagueño Francisco Ruiz García, siguiendo las directrices muy definidas que se le marcaron desde el primer momento, ya que “a futuro” se contemplaba la instalación en el centro del recinto de un monumento ecuestre en bronce del Infante Don Fernando y limitando con calle Nájera un pilar o fuente de forma alargada. Su financiación se acometió dentro de los llamados planes provinciales de la Diputación de Málaga y tuvo un coste de setenta millones de pesetas, de los cuales el Ayuntamiento aportaba el cincuenta por ciento del total. A mediodía del 16 de octubre de aquel mismo año 2000 se celebró la mesa de contratación de la obra, a la que se presentaron las empresas Acedo Hermanos S.L. y Coprobell S.L., adjudicándose la ejecución del proyecto a esta última ya que hizo una oferta de nueve millones de pesetas de obra adicional gratuita.

Aunque en principio se barajó la posibilidad de hacer un aparcamiento subterráneo ocupando toda la plaza del Coso Viejo, pronto se descartó totalmente dicha posibilidad dado que el yacimiento arqueológico que en su día se excavó en el solar del convento de las Catalinas se informó que podía extenderse bajo dicha plaza.

El día 17 de noviembre se concluyó la completa demolición del ‘antiguo’ Coso Viejo, trasladándose la cruz de mármol y su basamento –todo en una pieza– al crucero del patio tercero del Cementerio Municipal. Los coronamientos de sillares de piedra caliza roja del Torcal, que rodeaban todo el recinto, se retiraron entonces para su posterior reaprovechamiento en la misma obra y con parecida función. También se intentó salvar la arboleda de mayor porte, a excepción de la hilera de cipreses de la calle Nájera, pero no siempre fue posible.

El planteamiento general de la plaza se diseñó como un gran rectángulo, en un solo plano, salvando las cotas menos favorables mediante un sistema de escalinatas, al tiempo que se posibilitaba, en determinados puntos extremos, la eliminación de barreras arquitectónicas para personas con movilidad reducida. Especial cuidado se puso en el tratamiento de los pavimentos, utilizando las grandes losas y fajas de granito abujardado, el adoquín de igual material y el ladrillo en espiga en el entorno del monumento al Infante Don Fernando. Los muretes perimetrales, en sus caras interior y exterior, se forraron de sillares de arenisca, en disposición a trabajunta, al tiempo que se coronaron con los sillares de rojo Torcal, reaprovechados de la obra demolida por su gran calidad material.

Las obras adjudicadas a la empresa Coprobell S.L. se dieron por concluidas en mayo del año 2001, si bien aún quedaban por incorporar los que serían los dos nuevos elementos simbólicos de la plaza, que se fueron materializando al mismo tiempo que se urbanizaba el solar del Coso Viejo.

 

El monumento al Infante y el pilar de los Cuatro Elementosy la Lechuza

La idea que nos guió, desde el primer momento, el nuevo diseño de esta plaza venía marcada por conceptos originarios de la urbanística renacentista italiana, asumidos en parte por algunas de las grandes ciudades españolas desde el siglo XVI. En cuanto a los dos elementos simbólicos que ahora se incorporaban, el pilar alargado y de remate lineal partía, en cuanto concepto y no en su formalización,de la Fonte Gaia existente en la zona más elevada de la Piazza del Campo de Siena, mientras que el monumento ecuestre sobre alto pedestal queríamos que enlazara con otros ejemplos italianos del pasado, como el de Cosme I de Médicis de Giambologna en Florencia, el Gattamelata de Donatello en Padua o el Colleoni de Verrochio en Venecia. Al fin y al cabo, Fernando de Antequera fue padre de Alfonso V el Magnánimo, rey de Nápoles, y en aquella corte se redactó por el gran humanista italiano Lorenzo Valla (1407-1457) el poema en verso latino sobre la conquista de Antequera de 1410. La proyectiva la teníamos clara, ahora había que buscar a los artistas adecuados para llevarla a cabo.

En diciembre de 1999, visitando las instalaciones del recinto ferial de Mairena del Alcor me topé, a la entrada del mismo, con un monumento ecuestre que era homenaje a su feria, tenida por la más antigua de Andalucía. Y del bronce que tenía ante mis ojos lo que más me llamó la atención fue la figura del caballo, de ciertos aires renacentistas, y sobre el que ya imaginé montado al mismísimo Infante Don Fernando. Indagué sobre el autor del monumento y resultaron ser dos hermanos del propio Mairena, ambos profesores de escultura en la Escuela Superior de Bellas Artes de Sevilla: Antonio y Jesús Gavira Alba.

El 14 de febrero del año 2000 ambos artistas se trasladaron hasta Antequera y, tras recibirlos en la alcaldía, nos desplazamos hasta el Coso Viejo para que se hicieran una idea del futuro emplazamiento de su obra si llegábamos a un acuerdo. Antonio (1929-2020), que ya era mayor, cedió el testigo a su hermano Jesús y de inmediato llegamos al acuerdo de que éste hiciera un boceto en bronce, como paso previo al posible encargo definitivo. Pasados casi tres meses de este encuentro, Jesús Gavira se desplaza nuevamente a Antequera –entonces no existía el correo electrónico– para traer las fotos en las que se podía ver la maqueta en barro del monumento ecuestre a Fernando de Antequera. Se le dijo que lo pasara a bronce y que hiciera presupuesto de la obra definitiva para presidir el centro de la plaza. Hechos los trámites legales del encargo, Gavira comienza a modelar en barro la pieza final que ya pudimos visitar en su taller de Mairena del Alcor el día 10 de julio. La escultura resultaba verdaderamente espectacular en sus más de dos metros de altura; estábamos ante un verdadero modelo de condotiero a la italiana, muy en la línea del Gattamelata de Donatello y con algunos detalles del Colleoni de Verrochio, como inicialmente le habíamos pedido.

La fundición de la pieza se realizó en los talleres de la empresa ARTE6, con sede en la localidad madrileña de Arganda del Rey, y bajo la supervisión del técnico Ismael García García, quien se desplazó hasta Antequera para la colocación de la pieza sobre su basamento el día 13 de diciembre del año 2002. Para el pedestal de la escultura, realizado en grandes sillares de caliza roja de El Torcal por el taller municipal de picapedreros, tomamos como modelo algunos ejemplos dibujados de Los Cuatro Libros de Arquitectura de Andrea Palladio; la verja de hierro forjado, que rodea el monumento como protección, se realizó en el módulo de forja de la Escuela-Taller del Henchidero. 

El otro elemento que se incorporaba a la plaza, la fuente o pilar de los Cuatro Elementos y la Lechuza, se instaló al mismo tiempo que el pedestal de la escultura ecuestre. siendo realizada igualmente por los operarios del taller municipal de picapedreros. Se compone este pilar de un mar alargado que tiene de pared de fondo un panel dividido en cuatro paños mediante pilastras, que separan las calles en las que encajan los bajorrelieves –tallados cada uno en una pieza de caliza roja– en los que se representan en rostros humanos el Fuego, el Agua, el Aire y la Tierra.

En la pilastra del centro, que es algo más ancha que el resto, campea la Jarra de Azucenas como elemento simbólico central de las armas de la ciudad de Antequera. Para el diseño de estos relieves, que talló el artista antequerano Antonio García Herrero, partimos de diferentes modelos tomados de la estatuaria clásica y renacentista. A modo de ejemplo podemos decir que la figura femenina del Agua está tomada de un púlpito de la catedral de Toledo o que la que representa a la Tierra parte de una pieza en bronce conservada en la ciudad siciliana de Trápani. A la derecha del frente del pilar, encajada en un aletón, se incorporó, tallada en bajorrelieve, la figura de la Lechuza de Atenea o Minerva, que simboliza la sabiduría y es protectora contra la ignorancia y el oscurantismo, siendo vínculo con todo lo que se halla iluminado por el conocimiento. La Lechuza tiene la capacidad de ver donde nadie más puede ver. Todo en clave neoplatónica y en alusión a la antigüedad clásica de la otrora culta ciudad de Antequera.

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