¿Se imaginan saber que en mitad de la nada se esconde un tesoro? Esta es la historia de Antonio Jiménez Torres, vecino de Bobadilla que dice conocer dónde se esconden valiosas piezas de la época de Boabdil (siglo XV). Le acompañamos en la expedición, en una fría mañana de octubre junto a su abogado, José Ramón López y el profesor universitario y arqueólogo Carlos Gozalves, hasta llegar a la zona de El Chorro, junto a Ardales.

Allí, nos va detallando por qué sostiene que hay un tesoro, del que quiere tomar parte y reclama la remuneración que le corresponda por saber lo que se esconde: “Un amigo mío, que murió a finales de los 90, iba con su tío por leña a esa zona y preguntó que qué era lo que hacían allí y le dijeron que les había mandado una empresa para ver si había minerales. Le habían tomado el pelo”.
 
Unos años después, “se empezó una obra para que un guarda forestal subiera con una bestia a los Gaitanes para vigilarlo. Mi amigo me contó que cuando llegaron a donde esas personas estaban cavando, apareció una piedra redonda, como una media naranja y entre ocho o diez personas la apartaron y apareció un boquete, dos o tres escalones, una habitación y una galería”.

El arquitecto de la obra, explica, “les hizo barrer la habitación, los diez o doce metros primeros de la galería y allí cada uno decía una cosa” de por qué estaba esa construcción allí, tal y como detalla Jiménez, que ansía conocer qué es lo que se esconde bajo esas piedras, en las que sigue defendiendo día a día que se esconde un gran tesoro, algo “muy valioso” que el mundo debe conocer... Con el susto, añade, “nadie intentó entrar, porque el ingeniero hizo comprender que aquello era un escondite. Lo que había escondido no lo sabía”.

‘Dimos con estuco y con tiestos que estaban...’
El ‘buscador de tesoros’ subraya que allí “se ha hecho como una especie de galería para yo poder decir que era verdad. De eso hace unos cuatro años. Cuando cayó aquella gran tromba de agua hace cinco años, vinieron unos amigos para ver si éramos capaces de dar con eso. Fuimos y esa tromba de agua hizo que se colase el agua hacia la galería y había un vacío allí”.
 
Entre sus amigos y él, “empezamos a seguir el camino del agua y al final dimos con estuco y con tiestos que estaban a unos ocho metros de profundidad y vimos que aquello estaba allí”. La aventura continuó, pero Jiménez se dio cuenta de que “lo que había allí era muy grande”.
 
Así, “llevo mucho tiempo detrás de esto; sé que lo que hay ahí es muy valioso”. Creyendo que el tío de su amigo podría saber más del tema, “me tiré detrás de este hombre entre cinco y siete años. De lo poco que le pude sacar, deducí que un señor tenía un manuscrito y vino ahí”. 
 
También es destacable que en la zona se encuentra una media luna: “Significa Alá, dios, y se dice que donde se pone eso se pide protección para lo que hay allí, escondido o que guardan allí”. Una media luna que puede parecer hecha por la propia naturaleza, pero que incluso el propio profesor universitario Carlos Gozalves, que visitó la zona, no descarta que fuese producto del ser humano.
 
Y a partir de ahora, ¿qué?
El aficionado a la arqueología defiende su ‘tesoro’: “He pedido cita a Sevilla y hay silencio administrativo. He pedido permiso de excavación a Cultura, cosa que tampoco ha correspondido”. ¿Por qué no le reciben?: “Porque ellos saben que eso está ahí, están intentando cansarme”, para que Jiménez se quede sin recompensa. Él, sigue a la búsqueda de un tesoro que, ¿existe? Más información, edición impresa sábado 2 de diciembre de 2017 (pinche aquí y conozca dónde puede adquirir el ejemplar) o suscríbase y recíbalo en casa o en su ordenador, antes que nadie (suscripción).