Para los hebreos, Dios es su rey.Pero Israel atraviesa, una vez más, una situación complicada: los filisteos no dejan de guerrear contra él. A su vez, los diferentes pueblos de la zona están regidos por un monarca. Todo esto hace que los israelitas se dirijan a Samuel para que les nombre a un rey. El profeta le pide a Dios su opinión. Dios le dice que acceda a la petición del pueblo y le indica como rey a Saúl.El rey de los judíos debe conciliar las funciones políticas de su cargo con las obligaciones que derivan de su condición de ungido de Dios. Es un líder político y religioso a la vez. 


Samuel unge como rey a Saúl. Este vive una serie de sucesos y señales que el profeta le había vaticinado. Dios está con Saúl. Entonces, Samuel convoca al pueblo ante Yaveh para la elección de un rey. El profeta, siempre por suertes, selecciona a una tribu, después a una familia y, por último, a un varón: Saúl. El pueblo lo aclama como rey. Esta elección por suertes de Saúl ratifica la unción que él recibió antes de Samuel. 

Comienza Saúl, el primer monarca, a reinar. Derrota a los filisteos en muchas ocasiones. A él se debe, también, el establecimiento en Israel de un ejército profesional, que sustituye al reclutamiento del pueblo.

Pero este rey desobedece los mandatos de Dios. Recibe el encargo de Samuel de que ataque a los amalecitas; cuando los derrote, debe consagrar todo al anatema, es decir, debe matar a todos los hombres, mujeres, niños, bueyes, ovejas, asnos, etcétera. Saúl derrota a los amalecitas, mata a todo el pueblo y el ganado de menos valor para cumplir con el anatema. Pero, y este es su gran pecado, perdona la vida del rey Agag y de lo mejor del ganado mayor y menor.Saúl hace esto con la intención de ofrecerlos después a Dios en sacrificio, complaciendo así, también, al pueblo. 

Samuel se reúne con Saúl; le dice que Dios le ha dicho que está arrepentido de haberlo elegido como rey porque ha desobedecido su mandato: debía matar a todo ser vivo, dar todo lo de los amalecitas al anatema, en lugar de reservar una parte, –el rey, lo mejor del botín–, para ofrecérsela después a Él en sacrificio. Es decir, complace más a Yaveh la obediencia a su palabra que los holocaustos. Por tanto, el problema de Saúl es que, aunque actuó de buena fe, pues quería ofrecer lo mejor del botín a Dios en sacrificio, eligió, para complacer al pueblo, un modo de honrar a Dios diferente del que Dios le ordenó. Quiso complacer a Dios y al pueblo, no eligió exclusivamente a Yaveh.


Saúl reconoce que ha pecado al desobedecer la palabra de Dios y pide a Samuel que perdone su pecado. Pero el profeta le dice que Yaveh lo ha rechazado para que no sea rey; el reino de Israel será para otro mejor que él.