En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto.

Y añadió: «Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa».Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.Los textos de este domingo hablan de llamada, elección y envío. Tres aspectos de una misma vocación que se vive en el desapego radical y en el servicio. Los apóstoles constatan que la fidelidad a la llamada de Dios compromete toda la vida.

La oposición que Jesús ha encontrado en su pueblo, como vimos el domingo pasado, no frena el anuncio de la Buena Noticia. Él continúa adelante asociando a su misión a los discípulos, a aquellos que eligió para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar. Hoy me pongo en el lugar de Pedro, Santiago, Juan y el resto de los apóstoles. Y hemos de reconocer que no son hombres cultos y por lo que cuenta el evangelio ni tampoco parece ser que eran muy religiosos. Y seguro que ellos mismos se preguntaron: ¿Quiénes son ellos para actuar en nombre de Jesús? ¿Cuál es su autoridad? La respuesta se las va a dar el mismo Maestro dándoles  autoridad sobre los espíritus inmundos. No les da poder sobre las personas que irán encontrando en su camino. Les da autoridad para liberarlas del mal. 

Jesús está pensando en un mundo más sano  liberado de las fuerzas malignas que esclavizan y deshumanizan al ser humano. Así sus discípulos  se abrirán paso en la sociedad no utilizando un poder dominador, sino humanizando la vida, aliviando el sufrimiento y haciendo crecer la libertad y la fraternidad. Jesús les está diciendo que no quiere discípulos ricos cargados de cosas superficiales, él los imagina como apóstoles sencillos caminantes ligeros de equipaje. Nunca instalados. Siempre de camino. No atados a nada ni a nadie. “No llevaréis  ni pan, ni alforja, ni  dinero”. Eso significa que el apóstol de Cristo, el cristiano de a pie no ha de vivir obsesionado por su propia seguridad. Los discípulos llevan consigo algo más importante: el Espíritu de Jesús, su Palabra y su autoridad para humanizar la vida de las gentes.

El Maestro nos está invitando a vestirnos  con la sencillez de los pobres. Finalmente Jesús en el Evangelio de hoy  nos invita a todos a ser discípulos misioneros sin otra seguridad que la de tenerle a Él  en medio nosotros. Recordemos que la única fuerza y seguridad de los apóstoles la llevan en  ser sembradores de la Palabra. Van con la autoridad de Jesús  para vencer los males que afligían a la gente. Pensemos los cristianos de hoy que vivimos en el mundo de contradicciones, la miseria junto a la pobreza, la desigualdad,  la violencia, la corrupción y el contemplar como mueren cientos de emigrantes todos los días en el mar. En este mundo concreto de pecado y de gracia de Dios, hoy somos enviados a luchar contra todas las formas del mal. Con las alforjas leves de carga, y con  la fuerza del evangelio. Radicales en el desprendimiento e inmersos en todas las culturas, anunciando al Dios de todos los pueblos. Con palabras y con acciones.

padre Ángel García, trinitario