· Primera lectura: 
Hch., 3, 13-15.17-19: “Arrepentíos 
y convertíos…”
· Salmo responsorial: 
Salmo 4, 2.7.9.: “Haz brillar, sobre nosotros, 
tu rostro…”
· Segunda lectura: 
Jn 2, 1-5: “Quien guarda  su palabra… el amor 
a Dios ha llegado a él”.
· Evangelio: Lc., 24, 35-48: “Vosotros sois 
mis testigos”.

Este tiempo de Pascua en el que vivimos y meditamos de forma especial el misterio de la Resurrección de Jesús, debe enfocarse por cada cristiano hacia el Espíritu, hacia Pentecostés. Este tiempo es su tiempo especial; Él es la luz y la fuerza; el agente que ilumina, la inteligencia que nos hace entender las Escrituras, la luz del rostro de Jesús, que brilla sobre nosotros, de la que habla el salmo; la clarividencia para centrarse en lo esencial de la vida cristiana. 
 
Este Espíritu, enviado por el Padre,  nos remite automáticamene a la figura de Jesús, muerto y resucitado. Ése, del que habla la carta a los hebreos, como Aquel al que el Dios de Abrahán, Isacc y Jacob, ha glorificado resucitándolo de entre los muertos, que es el mismo que Aquel al que el cristiano convierte en su referente de vida.
 
Jesús, es pues, por su muerte y resurrección, la referencia fundamental para el cristiano; pero si cesto es así, la Eucaristía, en cuanto encuentro personal y vivido con su Persona, apoyado en la meditación profunda y sostenida de su Palabra, hará posible que esta relación con el Dios de Jesús se transforme en una realidad viva, fresca, comprometida, abierta, dinámica, misionera.  
 
Porque si prescindimos de estas dos columnas de nuestra fe es porque, como afirma Juan en su carta, no le hemos conocido. Este conocimiento se adquiere a través de la meditación de su Palabra, y se refuerza y fortalece, con el alimento de su pan –el mismo Jesús– que revitaliza y fortalece.
 
Sólo mediante su alimento espiritual, de Pan y Palabra, se abrirá nuestro entendimiento, como el mismo Jesús les dice a sus discípulos; sólo recibiendo su pan eucarístico y profundizando en su figura a través de su mensaje, entenderemos nuestra realidad de testigos de su muerte y resurrección; sólo desde la celebración del misterio de muerte y resurrección, actualizado en la eucaristía, comprenderemos que la condición de testigo se vive muriendo y resucitando espiritualmente con Él. 
 
Con estos alimentos espirituales  y mediante un sereno examen personal, seremos capaces de identificar los dinamismos pecadores que atenazan y esclavizan nuestra realidad personal a los que hemos de morir,  y a qué realidades debemos abrirnos en un proceso de resurrección personal ineludible. Se entenderá mejor con ello la necesidad de abrirse a los demás, de ayudar a los otros, de acompañar al hermano enfermo y necesitado, de vivir a fondo la solidaridad con el diferente,  la fraternidad universal, la sensibilidad hacia el que sufre.
 
Es, desde nuestra condición de creyentes auténticos, y a través de nuestra vida, enraizada en el evangelio, como seremos capaces de convertirnos en mensajeros y testigos creíbles,  fiables, auténticos, comprometidos, coherentes, que hablan con el lenguaje de la propia vida. Es la coherencia cristiana, la que Jesús vivió hasta la muerte, y a la que nos invita a nosotros, sus seguidores, sus discípulos, incluso a dar la vida por Él.
 
padre Domingo Reyes, trinitario