Último domingo de Cuaresma. El próximo celebraremos el domingo de Ramos en la Pasión del Señor. Hemos estado recorriendo, como cada año, esta cuaresma con la ilusión de “sacudirnos” todo aquello que se nos pega en el caminar por este mundo, y así estar mejor preparados para la semana Santa.
 
Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre (Ev. domingo 5º de Cuaresma Jn 12, 20-33) exclama Jesús cuando oye a sus discípulos la petición de que unos extranjeros también le quieren conocer. Y esa glorificación pasa por la muerte: En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. (Ibídem)
 
No tenemos que investigar mucho para constatar la verdad de estas palabras de Jesús. Por mucho que tengamos que seguir luchando contra el mal, ya en nosotros mismos ya en la sociedad que, en algunos aspectos, parece que huye de Dios, el fruto de la muerte de Cristo se sigue notando. Seguimos saboreando la realidad de que cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí (Ibídem).
 
Jesucristo sigue atrayendo desde la Cruz. Hace poco le oíamos decir que quien no toma su cruz de cada día no puede ser su discípulo. ¿Qué empresa publicitaria aceptaría una campaña con esas palabras? Desde un análisis comercial verían el fracaso asegurado. Pues son unas palabras que después de dos mil años siguen llegando al corazón de millones de almas. Millones de almas siguen mirando al que fue elevado sobre la tierra y continúan sintiendo esa atracción que Él profetizó y siguen tomando su cruz de cada día para seguirle.
 
No lo neguemos: todos tenemos cosas que nos hacen sufrir –físicas o morales-, que nos impiden ver con claridad, que nos limitan nuestro vivir aquí en la tierra. Si –con sentido común y cristiano- descubrimos que puede ser esa cruz a la que se refiere nuestro Señor, habremos dado un paso de gigante en la comprensión de nuestro caminar en la tierra. Jesucristo no nos dice que Él nos va a dar cruces, sino que cada uno tendrá su cruz. Es más, da por supuesto que esas cruces existen. Intentar pedirle explicaciones no lleva a ningún sitio, en cambio mirarle en la Cruz, seguirle con la cruz propia hará que nos sintamos atraídos hacia Él.
 
Y no olvidemos que habla de glorificación. Una palabra que suena a gozo, alegría, triunfo. Es el triunfo del grano que cae en la tierra y muere para dar fruto. “Para esto he sido creado” nos podría decir ese grano de trigo; “No me dejes en el almacén, no me guardes en un tarro por si acaso… ¡tírame a la tierra, para poder morir y dar fruto! … Y así ¡ser glorificado!”

Por esto la Cruz atrae. Hay algo en el interior del hombre que le hace sentir que detrás del sufrimiento hay gloria. Por eso sigue habiendo mártires en el siglo XXI, y no me refiero a esos mártires forzosos que el odio ha generado y que todos quisiéramos que no existieran, sino todos esos que mueren un poco día a día,  que saben que detrás de una enfermedad, de un dolor moral grande, detrás de una negación a uno mismo, viene la claridad de saberse acompañando con la propia cruz a Cristo. Y esa certeza nos une más a Él, nos identifica con Él, nos hace más hijos de Dios.
 
Así a través de la cruz de cada día Jesucristo nos consigue el auténtico sentido de la filiación divina, de sabernos hijos de Dios al identificarnos con el Hijo por naturaleza. Y dar fruto: de un grano saldrá la espiga con el treinta, el sesenta o el ciento. Coger la propia cruz y seguir a Cristo, sentirse atraído por Él, no es nunca algo individual. Otros, aunque no lo pretendamos, se sentirán atraídos al vernos a nosotros, y nos dirán como esos griegos a Andrés y Felipe «Señor, queremos ver a Jesús» (Evangelio dom. V de Cuaresma, Jn 12, 20).
 
padre MARIANO AMORES