· Primera lectura: 
Levítico 13, 1-2. 44-46.
· Salmo responsorial: 
Salmos 136. “Que se me pegue la lengua al paladar 
si no me acuerdo de ti”
· Segunda lectura: 
Efesios 2, 4-10.
· Evangelio: Juan 3, 14-21.

Cuando se tiene la oportunidad de peregrinar a Jerusalén, al llegar desde el desierto se entra por el Monte de los Olivos. Al llegar allí, y a modo de mirador, se contempla toda la ciudad vieja de Jerusalén. En tiempo de Jesús, desde allí lo que se veía era el gran Templo. Era un momento en el  disfrutaba del mayor esplendor que nunca había conocido, tras los 46 años de reforma al que Herodes le había sometido para llevarlo a límites desconocidos hasta entonces.
 
Era el corazón del culto, y de alguna manera, también era el centro de todo Israel: por lo que suponía, ya que era el lugar de la presencia de Dios, el lugar donde el cielo y la tierra se unían. Por eso, cuando en la primera lectura, el libro segundo de las Crónicas habla de Ciro, poniéndolo como el libertador de su destierro. Aquel emperador no solo los devuelve a su amada tierra, sino que les da la tarea de reconstruir la casa de Dios en la Ciudad Santa, su amado Templo.
 
Pero ya vimos la semana pasada que la relación de Jesús con el Templo no era demasiado amistosa. En aquella época era todo menos la «Casa de Dios». Más bien era un centro político, donde los distintos grupos judíos buscaban afianzar su poder a costa de la sencillez de la fe de su pueblo que seguía buscando a Dios en aquel lugar.
 
Esa denuncia que hace Jesús al expulsar a los vendedores del Atrio del Templo y hablar de que su cuerpo es el verdadero Templo que el Padre resucitará, hace que todos estos poderosos vean amenazados sus intereses. El Maestro de Nazaret tenía claro que la actitud de los jefes del pueblo no era la que Dios quería. Y lo decía bien claro. Eso hizo que muchos en el Sanedrín empezaran a pensar como sería posible eliminar a aquel molesto profeta. Siendo justos, no todos los miembros del Sanedrín pensaban así. Los evangelios nos hablaban de que algunos de ellos si se habían dejado impactar por las enseñanzas de Jesús. 
 
Sobre todo destaca el diálogo que tiene con Nicodemo, del que este domingo leemos un fragmento importante, cuando nos acerca al momento definitivo de la cercana muerte de Jesús.
Moisés había elevado la serpiente de bronce en el desierto para curar al pueblo. Pues de esa manera ha de ser elevado el Hijo del hombre. Quien lo vea, quien crea en él tendrá vida eterna. La cruz sobre el Calvario es la fuente de la salvación, donde nosotros, como la cierva del salmo 41, podemos ir a calmar la sed de nuestra fe. Porque Jesucristo vino con una misión, la de que ninguno de los que su Padre le había encargado se perdiera. 
 
Y para llevar esa obra a plenitud, entrega su vida en su muerte redentora. Él no viene a condenar a nadie, sino que vino a salvarnos. Solo, quien en su libertad renuncia a hacer las obras que nacen de la Buena Noticia, se condena por sus decisiones, no porque Dios lo quiera. No deberíamos olvidarnos nunca de este hecho. Esa es nuestra responsabilidad. No da igual lo que hagamos. Nuestra obligación como cristianos es de ser fieles a nuestra vocación, a hacer vida aquello que Dios soñó para nuestra existencia. Por eso, ahora que entramos en la recta final de la Cuaresma, esa llamada a cambiar de vida, se convierte casi en una súplica por parte de quien entregó su vida por amor a nosotros. 
 
¿Nos lo tomaremos en serio, pondremos nuestra vida a la luz de la Cruz, para quitar todo lo que es digno de nuestro ser cristianos? Hermosa tarea para terminar de preparar la próxima Semana Santa, la Pascua que poco a poco va llegando. Feliz domingo y que Dios os bendiga.
 
padre Juan Manuel Ortiz Palomo