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· Primera lectura: 
Ex. 20, 1-7: “Yo soy el Señor, tu Dios...”
· Salmo responsorial: 
Salmo 18: “Señor, tú tienes palabra de vida eterna”
· Segunda lectura: 
1 Cor., 1, 22-25: “Predicamos a Cristo crucificado”
· Evangelio: Juan 2, 13-25. “El celo de tu casa me devora”

El templo de Jerusalén constituía para los judíos un lugar trascendental para su relación con Dios. Era, por excelencia, el lugar fundamental de su presencia entre los hombres. Era, para ellos, el lugar más importante  y exclusivo del mundo para adorar a Dios. Pero cuando Juan escribe este evangelio, este templo había sido ya destruido por los romanos hacia unos veinte años, y Jesús había sido crucificado hacía ya unos cuarenta. ¿Qué nos quiere, pues, decir Juan con este texto? 
 
Jesús, arrojando a los mercaderes del templo, realiza un acto de hondo y escandaloso alcance en aquella mentalidad, merecedor de la muerte.  Nadie entiende  lo que hace; todos se escandalizan; le exigen un signo de su autoridad para algo tan grave. La destrucción del templo y la reconstrucción del mismo en tres días, se refiere claramente a su cuerpo, a su persona, a sí mismo, a su muerte y resurrección. Y desde esta nueva comprensión del templo, la realidad de la fe cristiana  enfoca al mismo de un modo radicalmente nuevo.
 
Lo sustancial del nuevo templo –la humanidad de Jesús– determina ya de modo sustancial un modo de adoración a Dios esencialmente  diferente al hasta ahora realizado; con Él, la adoración a Dios se transforma en amor; un amor total a Dios, sobre todas las cosas; sustanciado en cada ser humano; el amor a Dios y al hermano, se constituyen en esta nueva realidad como el nuevo modo de adorar a Dios, constituyéndose cada hombre en templo sacratísimo de Dios; la única ley existente en este nuevo modo de creer estará determinada por el grado de amor a Dios y al prójimo; el espacio de esta adoración a Dios, será el espacio  humano; las piedras de este nuevo y grandioso edificio  lo constituirán nuestras obras de caridad: la cercanía, el respeto, la tolerancia, la paz, la igualdad, la solidaridad, la misericordia y el perdón. Toda la Ley, sus mandamientos uno por uno, confluyen en uno, el  principal: amarás al Señor tu Dios y al prójimo como a ti mismo.
 
Esta nueva forma de entender la realidad del templo, de la adoración, de la relación con Dios, es una nueva sabiduría encarnada en Jesús: Él es la sabiduría, la luz, el camino, la verdad y la vida, la que garantiza una nueva sociedad de fraternidad universal; la que se fortalece en la cruz  y la que resurge esplendorosa  en  su resurrección; la que resulta un escándalo para los observantes de ritos y normas, al estilo de aquella sociedad judía, y es rechazada por los inteligentes y sabios de este mundo, al estilo de aquella sociedad griega, como una ilusión y una necedad, como afirma Pablo en su carta.  Este es el celo  del templo que devora a Dios eternamente: la vida humana,  el ser  humano, especialmente el que sufre, el perseguido y el oprimido.
El creyente en Jesús sabe, por tanto, que sus palabras y mensaje  son palabras de vida eterna, que comprometen la propia existencia cuando ésta se transforma en anuncio profético del amor a Dios que al mismo tiempo se convierte en denuncia del desamor, de la violencia, del odio, del egoísmo, de la avaricia y del orgullo que frecuentemente le conducen a la persecución y la muerte en la defensa del oprimido por la maldad del ser humano. Porque la gloria de Dios es que el hombre viva.
 
padre Domingo Reyes, trinitario