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La semana pasada, primera del tiempo cuaresmal de este ciclo B de nuestra liturgia, veíamos las tentaciones de Jesús como hombre y su victoria sobre ellas. Hoy una voz nos ha venido del cielo: “Este es mi Hijo el Amado, escuchadlo”… ¿Dónde habla Jesús hoy, para que le podamos escuchar? Nos habla ante todo a través de nuestra conciencia. Ella es una especie de «repetidor», instalado dentro de nosotros, de la voz misma de Dios. Pero por sí sola ella no basta. Es fácil hacerle decir lo que nos gusta escuchar. Por ello necesita ser iluminada y sostenida por el Evangelio y  la Iglesia. 
 
El Evangelio es el lugar por excelencia en el que Jesús nos habla hoy. Pero sabemos por experiencia que también las palabras del Evangelio pueden ser interpretadas de maneras distintas. Quien nos asegura una interpretación auténtica es la Iglesia, instituida por Cristo precisamente para tal fin: «Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha». Por esto es importante que busquemos conocer la voz de la Iglesia, conocerla de primera mano, como ella misma la entiende y la propone, no en la interpretación de los medios de comunicación. Casi igualmente importante que saber dónde habla Jesús hoy es saber dónde no habla. 
 
Él no habla ciertamente a través de magos, adivinos, oradores de horóscopos. Estos eran los modos típicos de referirse a lo divino de lo pagano, que sacaban conclusiones consultando los astros, o vísceras de animales, o el vuelo de los pájaros. Con esa palabra de Dios: «¡Escuchadle!», todo aquello se acabó. Hay un solo mediador entre Dios y los hombres; no estamos obligados a ir ya «a tientas», para conocer la voluntad divina, a consultar esto o aquello. En Cristo tenemos toda respuesta. Lamentablemente hoy aquellos ritos paganos vuelven a estar de moda. Como siempre, cuando disminuye la verdadera fe, aumenta la superstición. Tomemos la cosa más inocua de todas, el horóscopo. Se puede decir que no hay periódico o emisora de radio que no ofrezca diariamente a sus lectores u oyentes el horóscopo. Para las personas maduras, dotadas de un mínimo de capacidad crítica o de ironía, eso no es más que una inocua tomadura de pelo recíproca, una especie de juego y de pasatiempo. Pero mientras tanto miremos los efectos a la larga. ¿Qué mentalidad se forma, especialmente en los chavales y en los adolescentes? 
 
Aquella según la cual el éxito en la vida no depende del esfuerzo, de aplicación en el estudio y constancia en el trabajo, sino de factores externos, imponderables; de conseguir dirigir en provecho propio ciertos poderes, propios o ajenos. Peor aún: todo ello induce a pensar que, en el bien y en el mal, la responsabilidad no es nuestra, sino de las “estrellas y factores que influyen en nosotros”. Luego, a quien debemos seguir y dejarnos enseñar las cosas de Dios? 
 
Es el momento de preguntarnos: ¿Qué nos enseña la Transfiguración? Nos enseña a seguir adelante aquí en la tierra aunque tengamos que sufrir, con la esperanza de que Él nos espera con su gloria en el Cielo y que vale la pena cualquier sufrimiento por alcanzarlo. A entender que el sufrimiento, cuando se ofrece a Dios, se convierte en sacrificio y así, éste tiene el poder de salvar a las almas. Jesús sufrió y así se desprendió de su vida para salvarnos a todos los hombres. A valorar la oración, ya que Jesús constantemente oraba con el Padre. A entender que el Cielo es algo que hay que ganar con los detalles de la vida de todos los días. 
 
A vivir el mandamiento que Él nos dejó: “Amaos los unos a los otros como Yo os he amado”. Habrá un juicio final que se basará en el amor, es decir, en cuánto hayamos amado o dejado de amar a los demás. Dios da su gracia a través de la oración y los sacramentos. Su gracia  suple todas nuestras debilidades como nos recuerda el bueno de San Pablo.
 
padre Antonio Jiménez López, carmelita